El lío de alcoba en el que el presidente francés está ahora envuelto debería de ser la última de sus preocupaciones. Es la economía, estúpido , le diría algún clásico.

Recordemos que este presidente es un socialista de cepa, que vivía con la que pudo haber llegado también a gobernar Francia, la izquierdista Ségolène Royal, y que en su campaña se autodefinió como el factor opuesto a las políticas ortodoxas de su antecesor, Nicolás Sarkozy. Cuando llegó al poder se desbordaba el entusiasmo en las redes sociales entre los progresistas . Era una especie de rockstar, el gran opositor al proyecto neoliberal , el justiciero que gravaría a los ricos a favor de los pobres.

Ya como presidente, en su primer encuentro con la canciller alemana Angela Merkel en los corrillos de izquierda había una gran expectativa, algo así como: finalmente alguien le va a decir ciertas verdades a esa señora . En realidad, algunos periodistas presentes en ese encuentro notaron que Hollande hablaba muy fuerte en público, pero ante Merkel se quedaba callado. De regreso a París impuso un par de acciones para complacer a la clientela, como quitarles vehículos estatales a los altos funcionarios. Con eso puso contentos a una masa de idealistas que creen que con eso se solucionan muchas cosas (en realidad no se soluciona prácticamente nada, pero se siente bien ). Sin embargo, más allá que esas medidas efectistas, enfrentándose a la problemática de las finanzas públicas intentó hacer algunos cambios realmente trascendentes, como una reforma laboral, aunque, como es sabido en Francia es casi imposible llevar a cabo algo similar, ante la omnipotente y perenne oposición de los sindicatos.

Un poco más adelante en su presidencia, cuando los vientos fueron favorables, Hollande reinició su campaña anti-Merkel volviendo a la treta ideológica, llamando la austeridad (promovida por Berlín) austericidio . Eran los tiempos en que parecía finalmente claro que las políticas de recortes, tras la borrachera de gastos de los gobiernos anteriores en Europa, estaban causando estragos. No obstante, hoy Francia no sólo sigue estancada, sino que va de mal en peor, y las economías que en medio del caos lograron erigir gobiernos reformistas empiezan a levantarse, como Grecia, España e Italia. Era muy fácil culpar de todo a las reformas y oponer a la austeridad el crecimiento , como hacía el Hollande candidato, pero las cosas no son tan sencillas en el mundo real, y el Hollande presidente ha intentado una y otra vez implementar esas mismas reformas.

En Francia el desempleo ha llegado a niveles que no se veían en 16 años, y hoy los inversionistas no tienen apetito por los bonos galos (cuya falta de demanda llegó también a niveles récord en una década). La deuda del país ha sido degradada, con lo que cada euro que se requiera para impulsar la economía le costará mucho más a los ciudadanos. Además de la pesada carga del déficit y una deuda que cada vez se torna más inmanejable, de casi el 100% del PIB, con un gasto público de 60%, uno de los más grandes de la eurozona. Hace no mucho tiempo el semanario británico The Economist describía a Francia como el máximo peligro para la moneda europea , y como una bomba de tiempo .

No más optimismo

El francólogo James Shields, de la Universidad Aston, en el Reino Unido, resumió en su momento al Hollande candidato: prometió mucho, sabiendo que podía hacer poco. Y el internacionalista John Gaffner, refiriéndose al bizarro optimismo que solía plantear Hollande cuando estaba en campaña, señala el riesgo de sólo sentarse a esperar el repunte económico, lo que pondría tarde o temprano a Francia en un predicamento mayor que los de Italia y España, países que sí están reestructurando sus economías .

El nuevo presidente peleó una campaña basada en fáciles promesas de evitar la austeridad y relanzar el crecimiento, apelando al viejo recurso socialista (recordemos a Mitterrand) de culpar a los ricos , explica Shields. Recordemos que la propuesta de Hollande de gravar con el 75% a los más acaudalados no pasó la prueba de la Suprema Corte. Por su parte, Will Marshall, fundador del Progressive Policy Institute, escribe que el cambio de una prosperidad alimentada por la deuda a un modelo de crecimiento sustentable, basado en la productividad, será doloroso e impopular , pero es necesario. Es lo que hizo Alemania en 2004, tras su crisis económica: reformas llevadas a cabo por el socialdemócrata Gerhart Schroeder, quien se enfrentó a manifestaciones masivas contra su reforma laboral pero que, al final, acabaría reduciendo el desempleo a la mitad.

Hoy Hollande ya no reboza optimismo ni grandilocuencia e insistimos, el escándalo en el que está ahora envuelto debería ser la menor de sus preocupaciones. Incluso puede ser que le ayude. De hecho, el gayetgate, como ha sido llamado el descubrimiento de que el jefe de estado tiene una amante (la actriz Julie Gaye) además de su concubina, la periodista Valerie Trierweiler, ya le reportó dos puntos de popularidad al disminuido Hollande, récord histórico de desaprobación por los franceses (pasó de 24 a 26%). Quizá a los franceses no les parezca tan malo que alguien tenga una amante (todos los presidentes franceses las han tenido), y lo verdaderamente escandaloso sea cómo la prensa canalla se mete a la vida privada de las personas. Lo que es un hecho es que la ciudadanía está cada vez más cansada de ver cómo las condiciones económicas empeoran trimestre tras trimestre, con el peligro de convertirse en el próximo país emproblemado en Europa, justo cuando los demás empiezan a salir de su peregrinaje en el desierto.

Gareth Colesmith, un administrador de fondos que opera $450 mil millones de dólares, dijo en una entrevista con Bloomberg que está mudando su estrategia de inversión hacia España e Italia. La prima de riesgo está aumentando de manera preocupante en el país galo, mientras baja en los países que hicieron la dura tarea en años anteriores. Bloomberg citó también a Jean-Michel Six, economista en jefe para Europa de Standard & Poor’s, diciendo que Francia es la única gran economía europea cuyo déficit comercial con Alemania ha aumentado: un indicio de los problemas de competitividad de Francia .

El presidente parece saber lo que está en juego. Al anunciar las medidas en apoyo al sector empresarial (para beneficiar en realidad al empleo), dijo: ha llegado el momento de resolver el principal problema de Francia: su producción . No sonaba muy idealista ni justiciero ni ideólogo al decir eso, pero en estos 18 meses en el poder ha aprendido que no es lo mismo gobernar que retozar en la oposición. Debemos producir más y mejor –sentenció un muy realista habitante del Elíseo–. Tenemos que actuar en el plano de la oferta. La oferta genera demanda. Debemos seguir reduciendo el costo laboral .

En un país en el que se lee en la prensa que cada vez más miles de ciudadanos se quedan sin trabajo, una noticia constante desde hace dos años, el desánimo se está apoderando de los ciudadanos. Unos ciudadanos que quizá no vean tan grave un pecadillo de alcoba, pero para quienes dejar que la economía se hunda sí es algo muy, pero muy grave.