La foto es escalofriante. Decenas de hombres y mujeres vestidos de anaranjado, como los presos de Guantánamo, ante autoridades que aplican políticas arbitrarias, contrarias al derecho internacional, lo mismo que el Patriot Act. Lo peor es lo que queda en la sombra: cerca de 2,000 niños y niñas arrancados literalmente de sus familiares, sin explicación, a menudo sin despedida, sin una palabra que les reconforte. Niños y niñas, incluso infantes, encerrados en bodegas improvisadas como ¿guarderías?, ¿refugios?, no: campos de detención.

Lo que sucede desde octubre en Estados Unidos es digno de un escándalo mundial, en cualquier momento, y más a 80 años de la noche de los Cristales, antecedente de la política de deportación, separación y exterminio de millones de personas. Hay quienes consideran exagerada la comparación con la Alemania nazi que algunos ya han hecho.

Lo cierto es que el gobierno de Estados Unidos cada día se parece más a un gobierno fascista, como otros que promovieron el racismo, la xenofobia y/o crearon chivos expiatorios para justificar actos inhumanos en nombre de la grandeza nacional. Si esto es exagerado, dejemos los paralelismos y examinemos los hechos y sus consecuencias.

Aun antes de la llegada al poder del actual presidente norteamericano, la política de inmigración de sus antecesores se ensañó contra las personas indocumentadas, aunque la economía de EU las necesitara, sin importar si llevaban uno o 10 años allá o si tenían o no descendientes nacidos en ese país. Ya bajo Obama las autoridades migratorias, a través del ICE, habían incurrido en la violación de la Convención de los derechos de la infancia y la de los Derechos Humanos, al deportar a hombres y mujeres indocumentados sin darles siquiera la oportunidad de recoger a sus hijos, de modo que éstos quedaban atrás, a cargo de hermanos, familiares o a resguardo de familias de acogida y luego puestos en adopción. Una vez deportados a México, por ejemplo, a muchas personas les ha sido imposible recuperar a sus hijos porque se requiere de un complicado juicio legal. Ya entonces hubo voces que le reclamaron al gobierno mexicano su poco interés en proteger a las familias así destruidas por una política inhumana.

A estos terribles casos se han agregado, bajo el gobierno de Trump, miles más. Desde mayo, ya no se trata de un secreto a voces sino de la política de “cero tolerancia”, proclamada por el fiscal general Sessions, quien argumenta que así se disuadirá la migración “ilegal”. Las autoridades de la Oficina de Seguridad Interior han intensificado las detenciones y ahora separan sistemáticamente a los niños y niñas de sus padres y madres y los envían a un encierro indefinido, mientras los juzgados, desbordados, procesan en masa a los adultos detenidos para luego encarcelarlos o deportarlos, sin sus hijos.

Según el abogado de la ACLU,Lee Gelernt, entrevistado por The Intercept, el gobierno está transgrediendo sus propios lineamientos pues, tras asegurar que las familias que se presenten en puertos de entrada oficiales no serán separadas, les está arrancando a sus hijos, así se trate de solicitantes de asilo que huyen de una violencia probada, con lo cual anula también este derecho.

Este día del padre hubo protestas ciudadanas en Texas y otros estados contra esta política inhumana. Un grupo de periodistas visitó el mayor centro de concentración de menores y publicó algunas fotos oficiales que muestran un enorme espacio dividido por rejas y donde no hay camas. Los menores duermen en colchones en el suelo. Al trauma del desgarramiento que la Asociación Pediátrica Americana ha señalado ya públicamente, se añade el horror de vivir en un espacio carcelario.

La hipocresía de defender la grandeza americana y de apelar a los “valores” familiares no sorprende, dado el talante fascista del actual régimen americano, pero indigna. Tanto organizaciones de EU como la ONU han condenado estos actos de barbarie. ¿Qué ha dicho el gobierno mexicano? ¿Y los candidatos a gobernarnos? Como sabemos, callar es ser cómplice.

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).