Alguna vez he escrito en este espacio que aprendí mucho del dinero con base en las experiencias que viví de pequeño en casa, tanto de mis padres como de mis abuelos, con quienes convivía buena parte del tiempo. 

En ese sentido, tuve la fortuna de tener dos visiones distintas. Les llamo mis dos educaciones financieras, porque pude contrastar la manera en que administraban las finanzas familiares. 

Quiero empezar con el ejemplo de mis abuelos maternos. Ellos fueron refugiados de la Guerra Civil española, que llegaron a México con una mano adelante y otra atrás. Tuvieron que empezar desde cero en un país con costumbres muy distintas a las suyas. 

Mi abuelo era un hombre muy trabajador, culto e inteligente. Mi abuela, ama de casa, pero que aprendió desde un principio a administrar lo que él podía entregarle. Alguna vez encontré en un cajón la libreta donde ellos hacían el presupuesto y les pregunté sobre ello. Me enseñaron que del dinero que se traía en casa, anotaban una parte para pagar la renta, otra para la luz, el agua y otros gastos fijos, y una categoría para gastos del hogar (dinero que mi abuela tenía que manejar y de donde se compraba la comida e incluso las medicinas si sus hijos llegaban a enfermarse). 

Tenían un apartado para emergencias y también uno para ahorro de largo plazo. Mi abuelo es un ejemplo de cómo con constancia, de poquito en poquito, se puede construir un patrimonio que a él, en particular, le permitió vivir sus años dorados con tranquilidad y todavía dejarle a mi abuela, que le sobrevivió. 

Por otro lado están mis padres, con una historia muy distinta. Ellos hablaban poco del dinero, pero recuerdo que cada vez que llegaba el estado de cuenta de una tarjeta de crédito era motivo de acaloradas discusiones. Mi madre por un lado defendía lo que sus hijos necesitaban; mi padre argumentaba que teníamos que apretarnos el cinturón para poder pagar las deudas que habían generado esos gastos. Él no era totalero: pagaba el mínimo y abonaba más cuando tenía algún ingreso extraordinario.

Sin embargo, a pesar de ese desorden, mi padre siempre logró sacar adelante a su esposa y a sus tres hijos. Trabajaba de sol a sol y hacía lo que fuera necesario por darnos la mejor educación y salud de la mayor calidad. Se lo agradezco mucho.

Mis abuelos, en cambio, sí eran totaleros. Cada mes religiosamente pagaban el saldo completo de su tarjeta de crédito, gracias a que se sabían administrar. Nunca hubo una sorpresa desagradable al abrir un estado de cuenta: sabían perfectamente lo que habían gastado y lo que tenían que pagar. 

Desde niño eso me llamó la atención: para mis padres, la llegada de un sobre del banco era motivo de estrés. En cambio, mis abuelos vivían tranquilos y en paz con el dinero. 

Eso me hizo darme cuenta de lo importante que es tener control del dinero y ahorrar por lo menos 10% de lo que uno gana (o un poco más) para poder construir un patrimonio que nos permita vivir tranquilos. Ganarlo cuesta mucho trabajo; por otro lado la vida ya nos da muchas preocupaciones como para tener una adicional.

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Joan Lanzagorta

Coach en Finanzas Personales

Patrimonio

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia.

Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com