Para médico estudiaba y fue poeta, su corta vida estuvo llena de ilusiones largas y  la noticia de su pronta su muerte fue repetida muchas veces. Será porque en la existencia de Manuel Acuña -objeto de mil crónicas y chismes- las elegías se confundieron con sonetos, las buenas calificaciones con teatros llenos y las largas noches de aprender Anatomía en veladas salpicadas de ajenjo, de las cuales se dice que, mientras firmaba cráneos con su nombre, preparaba la medicina de su muerte.

Considerado uno de los representantes más significativos del romanticismo mexicano, Manuel Acuña nació en el año de 1849 en Santiago de Saltillo, Coahuila y se quitó la vida el 6 de diciembre de 1873. Llegó a la Ciudad de México a los 16 años y se matriculó en el Colegio de San Ildefonso, a punto de transformarse en Escuela Nacional Preparatoria. En ella, Acuña decidió estudiar lo necesario para matricularse en la carrera de Medicina pero también otras otras disciplinas así que cursó matemáticas, latín, francés y filosofía, todo con buenas notas y mejores menciones por “su mucha dedicación constante en el estudio”.  Todo resultó muy bien: en 1866 fue aceptado y comenzó a estudiar para convertirse en médico bachiller. Consiguió alojamiento en el corredor bajo el segundo patio de la Escuela de Medicina, en el cuarto número 13 -el mismo que ocupara Juan Díaz Covarrubias y del cual salió para ser fusilado en Tacubaya- y por algún tiempo pudo resistir los embates de su escaso presupuesto. Nunca dejó los estudios de Medicina, pero muy pronto se abandonó con idéntica pasión a los agridulces trabajos de la literatura.  Fue por ello que de aquel jovencísimo estudiante destacaron lo mismo su monografía de anatomía topográfica (sobre la cavidad céfalo raquidiana) como sus ensayos publicados en la Sociedad Literaria Nezahualcóyotl.

Poco a poco, su afición por las letras lo llevaría a publicar una fecunda serie de colaboraciones en diarios y revistas como El Renacimiento, El Libre Pensador, El Federalista, El Domingo  y El Eco de Ambos Mundos. También fue  Invitado de las tertulias literarias de Ignacio Manuel Altamirano, hizo amigos entrañables como Agustín F. Cuenca y Juan de Dios Peza. Muy pronto, Acuña comenzó a ser reconocido como una gran promesa de las letras nacionales. La primera de sus composiciones poéticas se llamó “Ante un cadáver”, una reflexión acerca de la vida y la muerte desde el punto de vista de la materia misma, que asombró a todos. Después, en 1871, estrenó su obra de teatro “El Pasado", drama que recibió una buena acogida por parte del público. La miel y la gloria del triunfo coronaron su cabeza y la crítica le auguró otras felicidades.

Sin embargo-cuenta la leyenda trágica-  su corazón ya estaba ocupado en otra cosa: en Rosario de la Peña, musa del desaliento, el amor no correspondido e inspiración de su “Nocturno”, la obra más conocida del poeta.

Foto EE: Especial

El destino se antojaba luminoso y se apostaba por una obra larga y fecunda. Los lectores querían más y mil proyectos esperaban los oficios de su pluma, sin embargo, durante años se dijo que cuando llegó Rosario - que había despertado por igual el deseo de Flores, la senil adoración de Ignacio Ramírez y el cariño devoto de Martí- había llegado también la hora más negra y fue tachada de culpable de que Manuel Acuña se hubiera quitado la vida ingiriendo una cantidad  letal de cianuro de potasio.

“¿Qué has hecho, Rosario?, ¿qué has hecho?”, dicen -sin prueba alguna- que le increpó Ignacio Manuel Altamirano a Rosario de la Peña, “Acuña se acaba de matar por usted”.

 Artículos, elegías y oraciones fúnebres se publicaron durante semanas. Justo Sierra le dedicó una composición que, desde la primera estrofa, expresó  el sentimiento de dolorosa pérdida que conmocionaba a todos: “Palmas, triunfos, laureles, dulce aurora /de un porvenir feliz, todo en una hora/ de soledad y hastío/ cambiaste por el triste/ derecho de morir, hermano mío.”

Juan de Dios Peza, su mejor amigo y el último que lo vio con vida, escribió el relato de aquel día:

“Abandonamos la Alameda a la hora del crepúsculo, lo dejé en la puerta de una casa de la calle de Santa Isabel y me dijo al despedirnos:

—Mañana a la una en punto te espero sin falta.

—¿En punto? —le pregunté.

—Si tardas un minuto más...

—¿Qué sucederá?

—Que me iré sin verte.

—¿Te irás adónde?

—Estoy de viaje... sí... de viaje... lo sabrás después.

Estas últimas palabras cayeron sobre mi alma como gotas de fuego. Quise preguntarle más; pero él se metió en aquella casa y yo me fui triste y malhumorado como si hubiera recibido una noticia infausta.”

Verdades y mentiras mil pero queda constancia que, durante el funeral, jóvenes y viejos, estúpidos y sabios, no pudieron contener las lágrimas cuando escucharon un verso del propio Manuel Acuña:

“La muerte no es la nada/ sino para la chispa transitoria/

cuya luz ignorada/ Pasa sin alcanzar una mirada/ de la pupila augusta de la historia”

Otra verdad que es mentira. Hoy a casi 200 años de su muerte, se detiene la mirada en la memoria de Manuel Acuña.