El presidente Barack Obama pronunció su primer discurso sobre el tema de la inmigración a su país desde que se hizo cargo de su puesto. Como suele suceder con Obama, fue un discurso lúcido, aunque en esta ocasión no dijo nada nuevo ni fijó una agenda para darle seguimiento legislativo al asunto.

Quizá lo más novedoso de su disertación fue el escenario, dado que lo hizo en el flamante edificio de la Escuela de Servicio Internacional de American University, en donde doy clases, y que fue bien recibido por un auditorio favorablemente dispuesto a los argumentos esgrimidos por Obama.

La trama tejida por el Presidente de Estados Unidos sobre el tema migratorio en su país es bien conocida:

Es necesario que el gobierno federal actúe en este asunto que le corresponde en exclusiva a ese nivel de gobierno, pues de otra manera proliferarán propuestas legislativas estatales y locales, como las del estado de Arizona y del pueblo de Freemont, Nebraska (25,000 habitantes), para citar sólo dos ejemplos, violatorias de los ordenamientos constitucionales y que las autoridades federales advierten que denunciarán en los tribunales.

Resulta imposible sellar una frontera como la de EU con México, que es extraordinariamente porosa. Si bien ésta es una verdad de Perogrullo, resulta inaceptable para muchos políticos estadounidenses que enfrentarán al electorado en escasos cuatro meses, y que no se atreven a confesar su impotencia para hacer cumplir las leyes vigentes.

A pesar del reconocimiento anterior, Obama continuó y amplió las políticas de la administración previa, erigiendo la barda fronteriza y enviando a más elementos de la guardia nacional a patrullar la frontera, al tiempo que incrementó las razias en búsqueda de trabajadores indocumentados y las sanciones a los patrones que les dan empleo.

Reconoció que no puede haber una amnistía ciega para los indocumentados, pero también que resulta imposible deportar a más de 11 millones de personas que presuntamente viven ilegalmente en EU.

En el intento de ganar el apoyo de sus detractores, reconoció que la brecha hacia la ciudadanía de los residentes indocumentados tiene que pasar forzosamente por su aceptación de que han transgredido las leyes del país en el que habitan, por su registro con las autoridades, por el pago de impuestos y multas derivados de su violación a la ley, y por aprender inglés.

Es claro que muy pocos indocumentados estarían dispuesto a seguir esta compleja y dilatada ruta para alcanzar la legalidad.

En la actitud de los políticos que se oponen a cualquier reforma migratoria en EU hay una hipocresía enorme, pues es bien sabido por todos ellos que su país ha ignorado la aplicación de las leyes en vigor por varias razones:

El flujo de trabajadores indocumentados es indispensable para la sobrevivencia de importantes sectores de su economía, como la siembra y cosecha de frutas y verduras; la industria de la construcción, y multitud de servicios intensivos en el uso de mano de obra, como hoteles, restaurantes, jardinería y trabajo doméstico.

Muchos de los puestos de trabajo que aceptan los indocumentados no les interesan a los residentes legales, ya sea por los bajos salarios que ofrecen o por las extenuantes condiciones que implican.

La aplicación puntual y estricta de las leyes en vigor requeriría de un nuevo aparato administrativo y policial sumamente costoso y complejo, además de intrusivo en la vida de los ciudadanos, lo que muchos juzgan inaceptable.

Al no definir la ruta legislativa a seguir en materia migratoria, resulta evidente que el discurso del presidente Obama no pasa de ser una ardid electoral con vista a los comicios de noviembre próximo, para atraer el voto del electorado de origen hispano decepcionado por sus promesas de campaña no cumplidas.

Más negativo aún para cualquier prospecto de reforma migratoria fue el reporte que se dio a conocer al viernes pasado, un día después del discurso presidencial. Durante el mes de junio se perdieron 125,000 trabajos, y aunque la tasa de desempleo se redujo a 9.5%, ello se debió a que 1 millón 200,000 personas han dejado de buscar ocupación ante las dificultades para encontrarla.

En estas circunstancias, me temo que las perspectivas de arreglar la política inmigratoria de Estados Unidos son lejanas y que seguirán proliferando los ordenamientos antiinmigrantes en gobiernos estatales y locales, sobre todo ahora que enfrentan una grave y generalizada crisis presupuestal.