Quienes tienen el poder de impulsar los cambios, sabotean. Formidables intereses corporativos, y arraigados sistemas de creencias anacrónicas bloquean las reformas institucionales que el país exige.

En el ámbito local, los micropolíticos emulan a sus hermanos mayores; empeñan su esfuerzo parroquial en movilizar grupos de interés y en torpedear los proyectos e iniciativas de quienes eligen como adversarios, del tipo que sea.

La ciudad, al igual que el país, es dese­chable. Su trabajo no es evidenciar los rezagos y omisiones, taras y perversiones urbanas, que laceran la vida metropolitana, y promover soluciones dentro de un juego político leal y responsable. Su motivación es un mezquino cálculo de poder en un juego de suma cero. La ciudad es su víctima. Explotan para sí, para provecho miope de sus partidos y organizaciones, generando las tensiones en el intrincado ensamble de bienes públicos e intereses privados que son esencia vital de la ciudad. Balancearlos y armonizarlos e incluso, lograr sinergias entre ellos en aras de una ciudad más vivible, grata y productiva, no entra en su cosmovisión de estanquillo.

El proyecto de la llamada Supervía del Poniente merecería en otro contexto una riquísima discusión sobre su pertinencia y significado urbano, diseño, construcción y operación. Es una obra concesionada, financiada por inversionistas privados en forma transparente (en contraste con la turbiedad del segundo piso al Periférico), y obviamente de cuota, donde los usuarios pagarán el costo, no los contribuyentes, aunque algún micropolítico demagogo exige que sea ¡gratis! o que no se construya.

Como muchos proyectos, tiene consecuencias públicas, pero su naturaleza es privada en lo fundamental (exclusiva y rival, como diría Paul Samuelson).

Las consecuencias públicas desfavorables se mitigan a través de la regulación del propio gobierno –en este caso, por medio de la manifestación y el procedimiento de evaluación de impacto ambiental-. Es posible que por ser una vialidad donde las cuotas de uso tenderán a recuperar los costos de inversión y operación, el fenómeno de tráfico inducido se minimice, de cualquier manera debe analizarse.

Más allá de la afectación a propiedades y a la dinámica de plusvalías y

minusvalías que el proyecto genere en la zona, que es preciso compensar, es indudable la contribución de la Supervía a remover un costosísimo estrangulamiento en el sistema circulatorio de la ciudad.

Se trata de la accesibilidad entre el actual gueto urbano de Santa Fe y el resto de la metrópoli, que es padecido profundamente por quienes viven aquí y trabajan allá.

Es verdad que una reducción en los costos (tiempos y combustibles) de movilidad hacia el poniente que traerá consigo el proyecto puede acelerar el proceso de urbanización. No obstante, éste parece ya irreversible y en todo caso, debe ser objeto de regulación territorial.

Si en efecto (como lo promete el GDF), se establece un eficiente sistema expreso de transporte público con autobuses especialmente dedicados de RTP, el alivio para miles de trabajadores sería de enorme valía. Esto no debe soslayar ni posponer la decisión de otro enlace vial subterráneo a Santa Fe con Metrobús –o tal vez la extensión de la Línea 1 del Metro– desde el área de Reforma-Constituyentes-Observatorio.

De cualquier manera, el proyecto es una vialidad confinada que impedirá la urbanización de áreas adyacentes y, siendo un sistema de distribuidores, túneles y puentes afectará mínimamente a las barrancas del poniente y a la Zona de Conservación Ecológica de la Loma. También promete el GDF restaurar los taludes, caminos de acceso y plataformas usadas durante la construcción. El único impacto permanente será puntual y asociado a las columnas de los viaductos.

Un beneficio nada desdeñable para los vecinos de Las Águilas es, que la Supervía liberará las vialidades locales hoy saturadas por el tortuoso tránsito hacia Santa Fe. Por último, será exigible y no negociable un diseño de calidad de puentes y viaductos, con gracia y elegancia arquitectónica, muy lejos de la vulgaridad y fealdad atroz del segundo piso al Periférico.

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