En los últimos años, se ha estancado el dinamismo para llegar a los más pobres.

En 1997 se lanzó la Campaña Mundial del Microcrédito para ofrecer crédito a la población más pobre del mundo. Un nuevo invento, el microcrédito, prometió disminuir y aun resolver la pobreza en el mundo. Los años transcurridos muestran que las esperanzas, basadas en ilusiones sin fundamento, han demostrado sus alcances limitados.

A pesar de que se habla de más de 2,000 millones de personas que han tenido acceso al microcrédito, la pobreza persiste. Varios aprendizajes se han derivado de esa ilusión soñadora. Uno de los más notables es el carácter multifactorial (nuevo concepto para contrarrestar las propuestas simplistas e ingenuas) de la pobreza. Ni el microcrédito, ni una mejor educación, ni mejores servicios médicos, ni mejor vivienda, por sí mismos, disminuyen las condiciones de vulnerabilidad de los más excluidos.

Mayor modestia y humildad, manifiestan entusiastas del microcrédito interesados en subvertir la vida de los pobres. Se han alejado de ese dogmatismo social. No sólo eso, sino en muchas partes del mundo este alejamiento ha generado nuevas ideas y prácticas. Para contribuir a una vida más digna, es necesario que toda estrategia microfinanciera se vea complementada con otras estrategias; entre ellas destaca el acceso a servicios de salud. Muchas microfinancieras se han aliado con instituciones y ONG que ofrecen estos servicios. La razón primordial de estas alianzas es la constatación de que la salud de los pobres es una de las causas fundamentales que rompen los esfuerzos por salir de la pobreza.

En este contexto, son relevantes los datos aportados por la Cumbre Mundial de Microcrédito, que se propuso ofrecer en el 2020 servicios microfinancieros a 175 millones de las familias más pobres del mundo y ayudar a 100 millones de familias a salir de la pobreza extrema. En los últimos años se ha estancado el dinamismo que impulsó ofrecer servicios financieros a los más pobres. Mientras que el microcrédito se expande más y más, este producto llega cada vez menos a los más pobres.

Para avanzar en esta dirección, surgen seis estrategias complementarias entre sí: a) integrar servicios microfinancieros y servicios de salud; b) incentivar la creación de grupos de ahorro; c) favorecer programas de graduación; d) fomentar las cadenas de valor agropecuarias; e) acelerar las transferencias condicionadas de subsidios, como el programa Prospera, y f) avanzar las finanzas digitales.

Previo a esto, es indispensable un detallado análisis de la realidad concreta del mundo de los más pobres: dónde se ubican, cómo usan su dinero, con quién se endeudan, cuál es el ciclo económico, cuáles son los servicios de educación y salud a los que tienen acceso y su calidad, condiciones de vivienda, índices de seguridad y violencia, etcétera.

Pensar que la inclusión financiera de los más pobres disminuirá su vulnerabilidad es ilusorio. No es la falta de crédito la que explica su marginación y exclusión. Es todo un conjunto de condiciones estructuradas de una sociedad esencialmente injusta. La aportación que podrán realizar las instituciones preocupadas por la pobreza y la desigualdad es limitada y de largo plazo.

*Experto en microfinanzas y coordinador de Cosechando Juntos lo Sembrado SC.