Cuando pensé en redactar este texto tenía una idea totalmente diferente para su entrada. Quería hablar acerca de la primera vez que apareció una parte de mi nombre en el diario en el 2005 dándome crédito por los pronósticos de las carreras de caballos. Una historia bastante extraña que sin embargo recuerdo y no me provoca decirles lo que leerán más adelante. En realidad fue el unfollow de la cuenta de El Economista en Twitter lo que me recordó el fin de siete años de experiencias.

No sé qué quedará más en mi mente. Si aquellos primeros textos en La Plaza, una sección que hoy ya no existe. Mi primer error, mi primer Super Bowl, mi primer video en una cobertura, mi primer cierre de edición como subcoordinador, mi primer podcast, los primeros 10,000 seguidores de la cuenta del periódico en Twitter o los primeros 5,000 likes en Facebook. Mi actividad en el diario cambió con los tiempos, los dos nos hicimos un espacio cuando lo necesitamos.

No hay sección que no haya conocido. Tuve la oportunidad de publicar en muchas de ellas y de platicar con las editoras y editores de las que me faltaron. Participé en productos tan diversos como videos, podcast y creé una estrategia en redes sociales cuando se necesitó. Retomé secciones tan diferentes como Responsabilidad Social o edité el Washington Post y coordiné sitios de Mundiales y Juegos Olímpicos.

El Economista no me debe nada. Yo tampoco a él. De sus páginas me llevo respeto por una institución que conocí por años. Por su información y por su gente. Compañeros con los que pasas más tiempo que con la familia. Aprendes a conocerlos, a pelearte y a quererlos.

Hoy estoy convencido de que el diario tiene elementos para posicionarse en tiempos de cambio. Mi respeto y admiración por la gente que pertenece a esta institución. Por Luis Miguel González y Hugo Valenzuela que me guiaron cuando tenía que aprender cómo se hacía un periódico. A Milén, Areli, Pedro, Ana María, Fernando, José Soto, Carlos y Edgar; un equipo del que aprendí mucho.

Otra mención merecen dos jefes que tuve, uno directamente y otro de manera indirecta. Ivan Pérez, que hoy por hoy tiene una sección de deportes que muchos envidiarían; un ejemplo de profesionalismo, creatividad y consistencia. A Manuel Lino, una persona que me enseñó que al final del día no eres precisamente lo que un papel de una universidad te dice. A ambos, mi profunda admiración y respeto. Dentro de esta familia también se encuentran Ana Langner, Gilberto Marquina, Vicente Gutiérrez, Laura Hernández, Catalina Hinojosa y Alberto García.

Asimismo me gustaría agradecer a Marco Mares y a Jorge Nacer por su confianza en mi trabajo. También a quienes en el pasado fueron el soporte de este diario, entre ellos Luis Enrique Mercado y José Gómez Cañibe. Y también recuerdo con este sentimiento a quienes conocí en su paso por esta casa editorial como Pascal Beltrán, Sofía Macías, David Cuen, Esteban Galván y Francisco Nazifh.

Este no es texto para abundar sobre mis futuros proyectos. Como siempre lo he hecho en este blog, los invito a continuar esta charla en mi cuenta de Twitter: @PabloEscobedo. Sin más, gracias a El Economista, a todos los que conocí aquí y a los que me conocieron gracias a él.