Peter Diamandis tiene un poder especial: cuando se para frente a un auditorio, ya sea en Silicon Valley o en cualquier otra parte del mundo, la gente escucha, silenciosa y atenta, un mensaje que no acaba de creer, pero quisiera que fuera verdad. Y suele tener como audiencia a algunas de las mentes más brillantes del mundo entero…

¿Es cierto que en 2040 estaremos listos para vivir, sanos y en plenitud, hasta los 150 años? ¿Cómo es eso de que en el futuro ya no vamos a trabajar haciendo cosas mecánicas, sino sólo en actividades creativas? ¿Realmente nos acercaremos a tener sociedades más igualitarias? ¿Cómo es posible que las impresoras 3D van a imprimir lo mismo casas que tejidos humanos? ¿O comida? ¿En verdad el costo de la energía llegará a casi cero y eso hará que haya agua y alimentos para toda la población?

Para llegar a esas conclusiones, para predecir que finalmente se van a cumplir los ideales de los socialistas utópicos o de los filósofos de la ilustración, Diamandis parte de un solo dato: la ley de Moore. Y aquí no interviene ningún dogma ni doctrina. Si vamos finalmente a llegar a un mundo más igualitario, uno de abundancia en lugar de escasez, no será por la ideología… sino por la tecnología.

Me senté a hablar con él después de su plática en el Singularity University México Summit del año pasado, en Puerto Vallarta. Me recordó que en 2010 había 2,000 millones de personas conectadas a internet y para 2020 habrá más de 5,000 millones. “Esto favorece no sólo la comunicación, sino la colaboración entre los seres humanos, y hace posible que hoy la innovación provenga no sólo de los expertos, sino de cualquier persona”, me dijo.

Es absolutamente cierto. Ya he relatado aquí que en ese summit conocí a un regiomontano de 17 años que inventó un dispositivo para prevenir el cáncer de mama con mucho mejores resultados que otros métodos, y casos como esos hay miles ya en el mundo. Por ejemplo el de Jack Andraka, quien a los 15 años, y tan sólo usando Google y Wikipedia, creó una mejor prueba de detección temprana de cáncer de páncreas, ovario y pulmón. La prueba que inventó cuesta 3 centavos de dólar y dura 5 minutos. Es 168 veces más rápida y 26,000 veces más económica que los detectores actuales, además de 400 veces más precisa.

Hoy no hay que ser especialistas, médicos, técnicos o programadores para lograr grandes cambios.

“El genio ha salido de la botella”, dice Diamandis, siendo el genio la posibilidad de tener computadoras cada vez más potentes, de modo que resuelvan cada vez más problemas de la humanidad. Él le pide a sus alumnos de la Singularity que creen algo que pueda resolver los problemas de 1,000 millones de personas como mínimo.

El abaratamiento de la energía, hasta llegar a un costo de casi cero, será lo que impulse todos los demás cambios. Los paneles solares han bajado de precio en los últimos 20 años, de 35 dólares por vatio, a 30 centavos de dólar. Hoy son 20 veces más económicos que hace 15 años. En dos décadas más, será prácticamente gratis, y no contaminante. ¿Qué es lo que eso puede desencadenar? Cambios inimaginables.

Su libro Abundance (fue número 1 en Amazon y número 2 en la lista del New York Times) sostiene que nunca hemos vivido en una era de tantos recursos, y aún así estamos en pañales en relación a lo que nos falta por ver. En los últimos años el costo de los alimentos ha bajado 13 veces. El del transporte es ahora 1,000 veces más barato, y el de las comunicaciones varios miles de veces más accesible. En sus charlas cita el célebre texto del semanario The Economist, Towards the End of Poverty, para demostrar que jamás había habido menos miseria comparativa en toda la historia de la humanidad. Y al también famoso libro de Steven Pinker, en el que se advierte que vivimos en la era más pacífica de todas (“los intelectuales odian el progreso”, escribió Pinker, refiriéndose a su reticencia a aceptar las buenas noticias).

Habría que añadir en esta lista a Nicholas Kristoff, el corresponsal de guerra del New York Times que ha atestiguado tanto sufrimiento y aún así es “optimista” sobre el futuro de la humanidad, según sus propias palabras, porque, dice, “he visto la transformación”. Kristoff publica cada fin de año un recuento estadístico muy documentado sobre los avances, concluyendo que cada año que pasa es “el mejor de la historia”. En su recuento sobre 2017 señaló que “los humanos siempre han sido analfabetos y vivían en la pobreza extrema, mientras que ahora menos del 15% son analfabetos y menos del 10% viven en la pobreza extrema. En otros 15 años, el analfabetismo y la pobreza extrema habrán desaparecido en su mayoría, después de miles de generaciones”.

Todo esto podría parecer contraintuitivo con lo que vemos a diario en las noticias, pero el análisis histórico de las condiciones de la humanidad es incontestable. Kristoff sigue citando cifras que, junto con sus reflexiones, hacen que cobre sentido su frase final: “prometo todos los demás días gritar de indignación por todas las cosas que van mal en el mundo, pero hoy no quiero perder de vista lo que está yendo bien”.

Pero eso no es nada, enfatiza Diamandis: estamos en la frontera de un salto gigantesco.

Sentados en una sala del Centro de Convenciones de Puerto Vallarta, volvemos al tema de la energía: “Dado que la Tierra recibe 5,000 veces más energía a diario de la que consume toda la especie humana”, me dice el futurólogo, “ésta podría llegar a ser casi gratis. Estamos a unos cuantos años de que la mitad del consumo energético de Estados Unidos sea a través de la energía solar”. Es cierto. Hoy, compañías como Alta Devices fabrican una nueva generación de paneles flexibles y extremadamente delgados (como una hoja de papel) que se pueden posar en cualquier superficie (por ejemplo la azotea de cada casa y edificio), y que producen el doble de energía de lo que se generaba apenas hace unos meses.

Las posibilidades son infinitas, y simplemente de aquí podemos deducir un mundo en el que las máquinas trabajen sin cesar, produciendo todo lo que la gente necesita, con costos mínimos. Las plantas de producción de los automóviles Tesla, en las que no hay ningún ser humano trabajando, son apenas un ejemplo de lo que puede suceder a escala planetaria. Sí, se necesita una gran inversión para montar fábricas con esas características, pero una vez establecidas, el costo de producción será cada vez más bajo, y estarán alimentadas por luz solar, así que podrán seguir trabajando, sin detenerse, con apenas alguna intervención humana.

Tomemos el caso del agua: se podrá convertir agua salada en potable, y con ello producir toda la comida que se necesita, con esa misma escala de costos mínimos. En 2016 estuve en la ciudad de Masdar, cerca de Abu Dhabi, Emiratos Árabes Unidos, una urbe del futuro en la que científicos convierten las plantas que se obtienen de la desalinización del agua de mar en biocombustibles. Pero eso se queda corto en comparación con lo que está haciendo en Catar el proyecto Sahara Forest. Ahí, el noruego Joakim Hauge genera agua perfectamente potable, a la vez que almacena energía solar y cosecha verduras en tiempos récord.

El problema de la desalinización del agua de mar siempre ha sido su alto costo energético, pero hoy, con la utilización de la luz solar, el costo empieza a no ser significativo. Ahí donde antes sólo había arena, podrá florecer una campiña, lo que puede cambiar absolutamente todo. Estos temas son apenas el inicio de mi conversación con Diamandis…

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

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