Desde diciembre, los precios del petróleo han aumentado en casi 50 por ciento. Para Pemex, como analistas destacados han señalado, esto genera un incremento en el ingreso equivalente a un aumento en la producción de 800,000 barriles diarios de crudo. Es “oxígeno adicional”, muy buenas noticias para la compañía.

Desafortunadamente, lo que es bueno para Pemex ya no siempre es bueno para México. Hace apenas unas décadas, en las épocas de oro de Cantarell, un incremento en los precios del petróleo representaba una noticia indiscutiblemente positiva para México: bueno para los ingresos de Pemex, bueno para la recaudación y artificialmente irrelevante para el consumidor. Claro que los costos de las gasolinas, supeditados al del crudo, subían. Pero en un país donde la producción de petróleo superaba por mucho el consumo de gasolinas, parte de los excedentes de producción se usaban, sin mayor aspaviento, para subsidiar el precio de la gasolina. De no ser por gasolinazos de ajuste de largo plazo, los consumidores ni se enteraban.

Esos tiempos pasaron. Hoy, con una estructura de precios de mercado, todo el que consuma gasolinas está sintiendo el impacto de cualquier movimiento en precios prácticamente en tiempo real. Pemex, como en los viejos tiempos, tendrá más ingresos. Pero el consumidor ahora también tendrá más gastos.

En este contexto, es natural que tanto las importaciones de gasolinas como los precios de mercado se empiecen a ver como sospechosos. En la época de Cantarell, México ni “exponía” a sus consumidores a las incomodidades de un precio libre ni importaba tres cuartas partes de sus gasolinas. No deja de ser un dato relevante que el valor de las importaciones de petrolíferos con Estados Unidos, nuestro principal socio comercial, se ha prácticamente triplicado durante los últimos 10 años.

El problema es que, sacados de contexto, estos datos llevan a las conclusiones equivocadas. Refinar más petróleo en México —sea mejorando las refinerías existentes o construyendo la de Dos Bocas— reduciría el volumen de las importaciones de combustibles, cierto. Pero también el de las exportaciones de crudo. Si descontamos escenarios extremos donde diferentes divisiones de Pemex se subsidian de manera cruzada, que implicaría renunciar a fuentes de ingresos importantes, el impacto financiero para Pemex de refinar más (ya teniendo la refinería construida) dependería de tener costos marginales más bajos (o altos) que las gasolinas que importa. En cualquier caso, la refinación no alteraría nuestro balance de energía primaria.

Desde hace cuatro años, México consume más energía de la que produce. De acuerdo con los datos de la Sener, actualizados al 2017, “el consumo de energía en México superó 31.6% a la producción de energía primaria. Este comportamiento se ve reflejado en el doble efecto del aumento de 1.2% en el consumo y la caída de 8.9% en la producción respecto al año anterior”. Para el 2018, que registró un crecimiento económico moderado y una reducción significativa en la producción petrolera, podríamos esperar que el balance empeore.

Queramos o no, la historia dominante en el sector energético mexicano es nuestra transformación en uno de los grandes consumidores de energía del mundo. Nuestros intereses, que quizás alguna vez se alinearon con los de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), hoy se alinean más con los de la Agencia Internacional de Energía, de la OCDE. Para un importador neto de energía primaria, como la mayoría de los países de la OCDE pueden atestiguar, el aumento en precios petroleros es una mala noticia. Implica, necesariamente, o que los consumidores o los contribuyentes van a absorber mayores costos.

Sólo el tiempo dirá si, en energía, volvemos a pesar más como productor que como consumidor. Esto, por cierto, no dependerá en nada del plan de refinación (transformación). Pero, por mientras, el incremento en los precios del petróleo ha dejado de ser la incuestionable buena noticia que algún día fue para México.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell