México es una tierra hostil para las mujeres. Tal vez la afirmación suene dura, pero es innegable y por ello tenemos que ser claros y expresar de forma clara la dureza que describe esa realidad. Las estadísticas a diario nos indican que la cultura de la violencia contra la mujer continúa en un proceso progresivo.

Y es que en nuestro país vivimos una suerte de regresión civilizatoría que nos ha llevado de vuelta a la barbarie en el tema del trato a la mujer. Si en los años noventa México y el mundo se escandalizaron por la manera en que el infierno se instaló en Ciudad Juárez, Chihuahua, a partir del horrendo fenómeno de los feminicidios, hoy podemos decir con muchísima amargura que el tema de la ciudad fronteriza sólo fue el amargo augurio de la descomposición estructural en la que caería México, entrada la primera década del actual milenio.

Las réplicas de Ciudad Juárez empezaron a aparecer en otras urbes del país. Hidalgo, Puebla, Tamaulipas, Jalisco sumaron a ese proceso decadente los terribles casos de Veracruz, el Estado de México y actualmente Oaxaca, en donde a partir de los primeros días del año en curso, cada semana son asesinadas dos mujeres. Por ello, México es reconocido como uno de los lugares más inseguros del mundo para ellas.

La diversificación de los delitos que lesionan a la mujer son muchos y han sido los mismos de toda la historia reciente del México moderno. Por desgracia van en aumento estadístico y en sofisticación: feminicidios, secuestros, extorsión, prostitución, trata de personas, violencia intrafamiliar o bullying, la naturaleza del delito es variable, siendo lo más alarmante la propagación de estos fenómenos por todos los rincones del país.

No sólo debemos remitirnos a los casos de la violencia directa, sino que también debemos considerar ese otro tipo de violencia de apariencia invisible, pero que de muchas maneras estrangula las posibilidades de plenitud de millones de mujeres. Hablo en este caso de la violencia sistemática, injerta de manera sorda en las estructuras de la vida cotidiana, y que se manifiesta como discriminación, falta de recursos para esquemas de seguridad de niñas y mujeres, o la injusticia implícita en la llamada brecha de género, que separa de manera negativa a las mujeres de la posibilidad de establecer condiciones de competencia democráticas tendientes a la compartición de posiciones laborales, académicas o del poder político.

El avance destructivo de esta tendencia misógina, no es otra cosa más que la evidencia del rotundo fracaso a nivel nacional de muchos de esos programas sociales que sin duda fueron rebasados por la avanzada descomposición ocurrida en algunos sectores sociales, mismos en los que la evolución de la violencia contra la mujer, ha sido más acelerada.

Recordemos que hace poco menos de un año, en mayo del 2016, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), lanzó una alerta global al mundo sobre la situación de violencia que las mexicanas han venido padeciendo en el país durante las últimas tres décadas. El informe expone un aumento en las prácticas agresivas del hombre en contra de la mujer, mismo que en muchas ocasiones termina en la muerte. La ONU presentó el dato de que en un periodo que va de mediados de los ochenta al año 2014, en nuestro país ocurrieron 47,178 muertes de mujeres que posiblemente pueden ser considerados como asesinatos.

Algunos expertos asocian ese incremento de la violencia con las interminables crisis económicas que han flagelado al país desde hace ya también más de tres décadas. El resultado de esa apreciación y basados los datos en una investigación realizada por la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDRH), en nuestro país dos de cada tres mujeres han padecido algún tipo de violencia, siendo por lo general el principal agresor, la propia pareja, de ahí que no es gratuito que más del 40% de las mexicanas ubiquen a los hombres como los principales culpables de la violencia de género.

He ahí el punto clave de la tragedia que hoy vivimos en México. Existe una grave fractura en el terreno de la solidaridad y la empatía en la dimensión de los géneros, y esa es una situación realmente grave, pues lentamente nos está llevando a la parálisis social en ciertos escenarios de vida como los son los hogares mexicanos o los centros de trabajo, en los cuales se supondría, la colaboración y la armonía son la clave de la prosperidad.