El pasado 19 de junio el Senado mexicano ratificó el Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), mismo que deberá sustituir al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

El presidente Donald Trump (DT) dijo recientemente que el T-MEC haría a Norteamérica una región más competitiva frente a la Unión Europea y China. Parecería que empieza a entender la racionalidad de actuar en bloque y no de manera aislada e impositiva.

México ratificó al T-MEC inmediatamente después de la amenaza de imposición de aranceles por cuestiones migratorias que forzó a México a ampliar el programa Permanezca en México, endurecer la política de migración frente a Centroamérica en un golpe de timón y, caso sea exigido por DT, convertirse en un tercer país seguro. Lo anterior se hizo sin obtener a priori los suficientes recursos de apoyo a las medidas comprometidas o para el plan de la Cepal para desarrollar América Central.

Con la aprobación del T-MEC México manda un claro mensaje. El libre comercio y la buena relación con Estados Unidos son un pilar intocable de un gobierno que se define de izquierda y que comulga con la visión de los gobiernos neoliberales que han gobernado México desde Miguel de la Madrid a la fecha. Subsiste el convencimiento de que acabar con el libre comercio sumergiría a México en una recesión profunda, lo que sería la puntilla para los afanes de crecimiento de la Cuarta Transformación.

No hay que caer en elogios exagerados por la ratificación del T-MEC. Su principal logro fue dar una salida al enojo de DT, quien se afanó en dar sepultura al TLCAN, restando incentivos para la inversión en México.

El T-MEC es inferior al TLCAN en aspectos cruciales, particularmente en el sector automotriz, nuestro campeón exportador, con una regla de origen que será difícil de cumplir, tanto por mayores contenidos de valor exigidos como por demandar un piso salarial para la producción de un porcentaje del producto terminado, algo que resulta ser un mal precedente para otras negociaciones y para las discusiones que se llevan a cabo para reformar a la OMC. Salvo para infraestructura, telecomunicaciones y energía, desaparece en el T-MEC la protección que se brinda bajo el esquema de inversionista-Estado.

Bajo el nuevo acuerdo existirán retos importantes para mantener el dinamismo de nuestro sector exportador y para convencer a los inversionistas extranjeros de que las cortes mexicanas podrán ofrecer una garantía suficiente para sus inversiones futuras. Igualmente debemos ser capaces de absorber las obligaciones laborales resultantes del nuevo acuerdo, que podrán significar mayores salarios (lo que es altamente deseable) compensando dichos aumentos con incrementos en la productividad para no perder competitividad. Otras disciplinas que han sido destacadas en materia de economía digital o medio ambiente las habíamos adquirido ya a través del CPTPP.

Por parte de Canadá no se esperan mayores dificultades para que se ratifique el T-MEC antes de que termine este verano. En el caso de Estados Unidos, los demócratas, encabezados por Nancy Pelosi, tienen demandas inamovibles que exigen que sean parte del T-MEC y que no se manejen a través de cartas paralelas en materia de medio ambiente, derechos laborales y patentes de medicamentos. El que México hubiera ratificado sin haber aceptado cambios al T-MEC puede significar un endurecimiento del Partido Demócrata, aumentando el riesgo de que la consideración del tratado sea pospuesta para después de las elecciones estadounidenses y que durante su campaña presidencial DT se vea tentado a denunciar al TLCAN para fortalecerse frente a su electorado, lo que provocaría una situación crítica.

Lo más preocupante es que nada parecería disuadir a DT de imponer aranceles punitivos a México por cuestiones no comerciales. Lo más importante es evitar que el T-MEC se vuelva rehén de la elección en Estados Unidos.

*Exembajador, consultor independiente y académico, fue miembro del equipo negociador del TLCAN.