Para hacer menos atractivo el uso del dinero en efectivo hace falta algo más que poner trabas. Hace falta incentivar el uso de otros medios de pago que pasen de manera sencilla y económica a través del sistema financiero.

Sólo la terrible inseguridad que padecemos en este país ha podido cambiar la percepción cultural de que el dinero es única y exclusivamente el papel moneda. Dinero contante y sonante , solemos decir al momento de hacer alguna transacción.

Desde ir a vaciar la tarjeta de nómina en el cajero del banco, el mismo día de la quincena; hasta vender el coche usado en efectivo.

Los medios de pago para sustituir el efectivo existen en México, pero son caros, inaccesibles para una mayoría y son recursos fiscalizados en un país donde la evasión fiscal está ampliamente extendida.

Un castigo reciente para el uso del papel moneda fue la creación del eficiente Impuesto a los Depósitos en Efectivo. El IDE resultó una agradable sorpresa recaudatoria para Hacienda el año pasado.

Este año, a pesar del aumento en la tasa y de la reducción en el monto de tolerancia, la recaudación va por debajo de lo registrado el año pasado. Que puede no ser tan mala noticia, si se pudiera comprobar su éxito como inhibidor del uso del efectivo.

Pero si al cruzar los datos de la baja en la recaudación, se nota una baja en las actividades bancarias con este instrumento, habría un efecto negativo al esperado.

Sin embargo, los instrumentos bancarios alternativos al efectivo son de difícil acceso y caros. Claro, en una ciudad como la de México, es muy fácil encontrar aceptación a esta alternativa de pago. Pero realmente son pocos los comercios que están bancarizados.

Según el Banco de México por cada 1,000 habitantes hay sólo cinco comercios que aceptan los plásticos, débito y crédito, como medio de pago.

España, con todo y sus problemas, tiene 33 comercios por cada 1,000 habitantes. Y 27 por cada 1,000 en la siempre odiosa comparación con Brasil.

En este país de casi 110 millones de habitantes hay 22 millones de tarjetas de crédito, 59 millones de plásticos de débito y 447,000 terminales punto de venta. Todo lo demás es cash.

Y no sólo es cuestión de disponibilidad de infraestructura, es también una cuestión de costos para clientes y negocios. No son pocos los comercios que ofrecen descuento a los que paguen en efectivo, ¡claro que lo prefieren!

En el caso de las tarjetas de débito, los bancos presumen que sus cuentas básicas no tienen costo por manejo. Lo cual es cierto pero insuficiente para operarlas.

Para saber cuanto efectivo tenemos, basta con abrir la cartera, para tener control del disponible en el plástico, hay que preguntar y si lo hacemos vía cajero automático, hay un costo. Si no lo hacemos e incurrimos en un intento de sobregiro, hay una penalización.

Con el efectivo, podemos perder a manos de la delincuencia los billetes que carguemos, con los plásticos, está expuesto el saldo completo. Porque los seguros contra fraude o robo no operan en las cuentas básicas.

Y si la alternativa es el crédito, hay que considerar que es uno de los productos más onerosos del sistema bancario: comisiones altas y al alza, tasas de interés 10 veces más altas que la inflación, una mala educación financiera que nos lleva a ver el plástico como extensión salarial y no como medio de pago.

Y claro, en contra de la bancarización está también la fiscalización. Está claro que lo más valioso del IDE no es su captación, nunca despreciable, pero la información fiscal que aporta al SAT es oro puro.

Si lo que sobran son avenidas de evasión, los incentivos para operar las fianzas personales a través de la banca son negativos. Vamos, se percibe un castigo fiscal no un incentivo por el uso de otros medios de pago.

Ahora, lo que sí tiene que dejar de sucede en México es que se pueda comprar una casa en efectivo. Decía un empresario que no es posible que llegue alguien a comprar una propiedad de 10 millones de dólares con billetes. ¡Por supuesto que eso no puede ser posible!

Pero, otra vez, el que vende, evade. El que compra, lava. El efectivo necesita límites, sin duda. Pero el ciudadano necesita incentivos para recurrir a otros medios de pago. Porque si es a puros garrotazos de impuestos y comisiones, perderán los de costumbre: los de a pie.