Fuera de la inexplicable y torpe invitación a Donald Trump en plena campaña electoral estadounidense, el gobierno de Peña Nieto actuó con prudencia y salió relativamente bien librado de la muy compleja relación con el actual gobierno de Estados Unidos (EU). Logró que se ratificara el tratado de libre comercio de los países de América del Norte con algunos cambios menores.

El nuevo gobierno sigue más o menos el mismo guion: hace caso omiso de los excesos verbales de Trump y busca estar fuera de la convulsa política interna del país vecino. Al mismo tiempo, se desarrollan políticas para proteger a los migrantes mexicanos ante la persecución del gobierno de Trump. El nivel de agresividad contra México ha disminuido y no se vislumbran mayores riesgos.

En el caso de Venezuela es distinto. Es necesario poner en riesgo el equilibrio alcanzado en la relación para buscar evitar un conflicto armado en la zona. Como lo ha señalado Arturo Sarukhán, la prisa por tumbar a Maduro tiene mucho que ver con la disputa por el estado que será clave en la próxima elección presidencial: Florida. Para un presidente desequilibrado como Trump, la intervención militar o promover la caída de un gobierno es una acción viable para intentar la reelección.

Las consecuencias de una guerra civil en Venezuela serían enormes para la región. Podrían ser todavía mayores si el resultado de ésta fuera la imposición de un gobierno por parte de EU; sería un gobierno rechazado por la mayoría de los países. Difícilmente eso llevaría a una rápida normalización de la vida democrática de Venezuela.

El antecedente de una nueva intervención norteamericana en América Latina podría cambiar, para mal, las relaciones que se han establecido entre Washington y los países del sur del continente. Gobiernos de extrema derecha, como el de Trump u otro presidente republicano futuro, podrán utilizar el argumento de promover la democracia en el continente por medio de una intervención.

Todo lo anterior no implica respaldar el régimen de Maduro, tampoco significa no reconocer la grave situación de emergencia económica, ni la profunda crispación social. Todo eso es evidente. Lo que no es correcto es abonar a que el conflicto estalle y se renuncie a una salida negociada, que necesariamente terminaría en elecciones. Eso es diferente a pasar por alto los comentarios tuiteros de mal gusto de Trump o dar pequeñas concesiones comerciales, se trata de dejar en claro a EU que no se puede jugar a ganar elecciones locales a costa de la guerra civil en otro país.

Lo prudente es no acompañar a nuestro socio comercial en sus aventuras imperialistas e insistir en el llamado al diálogo y la oferta de la mediación como la única política viable ante Venezuela. México no puede acompañar ninguna iniciativa que pueda terminar en la intervención directa de EU para que caiga un gobierno.

VidalLlerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.