El fenómeno de la renovada competitividad de México es una tendencia que lleva varios años y que ahora se hace cada vez más evidente. Hace casi un año, citamos en este espacio una nota publicada por el estratega para América Latina de Citibank, Julio Zamora, ahora Chris Anderson habla también del tema en el New York Times.

Hace unos días, tuve la oportunidad de leer un interesante artículo de Chris Anderson en el New York Times titulado Mexico: The New China . El artículo habla sobre la renovada competitividad de México ante China y relata la experiencia de una empresa productora de equipos tecnológicos de alta especialización.

La empresa a la que hace referencia el artículo enfrenta un entorno de alta competencia con productores basados en China y el autor atribuye gran parte del éxito de la empresa a su decisión de establecer su planta ensambladora en Tijuana.

La decisión les ha permitido tener su centro de ensamble a tan sólo minutos de su cuartel general y de su principal mercado. Esto les permite tener un ciclo de producción y de inventarios más ágil, eficiente y, sobre todo, adaptable a las necesidades de sus clientes. Adicionalmente, Tijuana les ha dado acceso a una bolsa de mano de obra calificada y especializada a costos competitivos.

El fenómeno de la renovada competitividad de México es una tendencia que lleva varios años y que ahora se hace cada vez más evidente. Hace casi un año, hablamos en este espacio de una nota publicada por el estratega para América Latina de Citibank, Julio Zamora, que abordaba el mismo tema que la nota del New York Times pero desde un enfoque más macroeconómico.

A raíz de la entrada China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en septiembre del 2001, la historia de éxito de la apertura comercial en México comenzó a sufrir un impacto negativo, principalmente el sector manufacturero de exportación.

La participación de México en las exportaciones globales no sólo detuvo su tendencia creciente, sino que disminuyó de 2.6% en el 2000 a 2.2% para el 2003. En el mismo periodo, las exportaciones mexicanas a Estados Unidos como proporción de todas las exportaciones a ese país pasaron de 12 a 10 por ciento.

Asimismo, las exportaciones mexicanas a todo el mundo pasaron de crecer 11.4% anualmente en promedio durante 1990 y el 2003 a una caída de 5% en el 2001 y crecimientos de apenas 1 y 3% anual en el 2002 y el 2003. Mientras tanto, las exportaciones de China a Estados Unidos se duplicaron entre el 2001 y el 2004, pasando de 54,000 millones a 125,000 millones de dólares anuales.

Esta fuerte desaceleración del sector exportador tuvo un impacto muy negativo en el empleo formal. A pesar de la fuerte especialización de algunas industrias manufactureras en México y las ventajas de la proximidad geográfica a Estados Unidos, muchas empresas de este último país decidieron migrar sus plantas a China para aprovechar las ventajas ofrecidas por salarios significativamente menores, un yuan subvaluado y regulaciones ambientales más laxas.

La tesis principal de la notas de Julio Zamora y de Chris Anderson es que el efecto China sobre las exportaciones mexicanas no sólo se está disipando, sino que se está comenzando un proceso de reversión que podría ser definitivo.

Dicha tesis está basada en cinco puntos que han contribuido de manera directa a que México sea más competitivo frente a China: i) la depreciación relativa del peso frente al yuan; ii) la creciente estabilidad macroeconómica; iii) una creciente percepción de que el Estado de Derecho y la protección a la propiedad intelectual son más robustos en México que en China; iv) el costo y la calidad del capital humano, y v) el alza de los costos de transporte derivado del incremento en los precios de los combustibles.

No obstante, esta tendencia corre peligro de estancarse o revertirse. La competitividad mexicana sigue siendo limitada por factores como la presencia de monopolios públicos y privados que implican costos elevados de servicios claves como energía, telecomunicaciones y un Estado de Derecho altamente vulnerable en algunas partes del país.

Si México quiere aprovechar la gran oportunidad de convertirse en la central manufacturera del continente americano, debe buscar con ahínco los cambios estructurales indispensables.

Un ejemplo claro, que será materia de otra columna, es el tema energético. Mientras Estados Unidos puede abastecer de gas barato a su industria manufacturera gracias al fenómeno del shale gas, México corre el riesgo de perder competitividad y ver de nuevo un éxodo de plantas manufactureras, en esta ocasión, a Estados Unidos en vez de a China.

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