El pasado 1 de julio, un número sin precedente de mexicanos votó por López Obrador y lo que simbólicamente representa. Muchos lo hicieron, como su equipo sugirió, movidos por alegría o esperanza. Seguro otros también por coraje o enojo. Pero hay algo más profundo. Por las buenas o por las malas, el corazón de este voto está encarrilado a acabar con la corrupción, las injusticias y los privilegios —sea vía clasismo, racismo, machismo, nepotismo, favoritismo, o cualquier otro nefasto -ismo—. Tomando prestadas unas frases del virtual presidente electo, parece que una clara mayoría de los mexicanos de todos los géneros, clases sociales y ubicaciones geográficas tiene la ambición legítima de poner primero a los pobres para mitigar la pobreza y desigualdad.

Desde aquí, es claro que la de López Obrador fue una campaña de visión de país (un gran “por qué”), no de largas listas de propuestas firmadas ante notarios públicos. Claro que en energía se prometió, entre otras cosas, autosuficiencia, nuevas refinerías, revisión de contratos y no nuevos gasolinazos. Varios “qués”. Pero, al menos en este sector, nunca parece que se hayan invertido los “qués” con el “por qué”. El “por qué” siempre pesó mucho más; estar alineados ahí era lo que importaba. Tanto que distintos asesores pudieron no sólo ponerle su propia sazón a cada propuesta concreta, sino que llegaron a expresar propuestas totalmente encontradas. Salvo por la intervención directa del entonces candidato para corregir a Paco Ignacio Taibo II y decir que no habría expropiaciones ni confiscaciones, se dejaron correr casi todos los planteamientos, ni aceptándolas ni rechazándolas explícitamente.

La semana pasada propuse que esto significaba que no ha habido “nos” claros. Otra forma de verlo es: se votó por el fin, no necesariamente por los medios. Entre los que votaron por López Obrador, parece haber una mayor predisposición para oponerse, por ejemplo, a distintos elementos de las rondas petroleras. Algunos habrán llegado a esa conclusión de forma independiente. Muchos otros invitados por su líder. Pero, en cualquier caso, sería miope decir que fue ésta, la promesa 17, la que explica su apoyo para el candidato. Lo mismo sucede con las refinerías y la autosuficiencia, la promesa 92 o la 117. Hay mucho más de fondo que la cristalización de un “qué”.

Confundir los medios con los fines es particularmente peligroso justo saliendo de campaña. Las campañas son organizaciones políticas que buscan ganar votos y simpatizantes, no necesariamente analizar a fondo las implicaciones de cada política pública que se plantea. Como dice un viejo aforismo, los políticos tienden a usar la evidencia económica como los borrachos usan los postes de luz: como apoyo, no como herramienta de iluminación. Plantear compromisos indisolubles ya como futuro gobierno usando sólo la lógica estrictamente política de campaña, de apoyo, es poco sabio.

Por supuesto que habrá que ir resolviendo los temas. Los mercados, por ejemplo, salieron a pedir claridad en temas clave —incluyendo el energético— de manera casi inmediata. Pero el equipo de López Obrador tiene tiempo para ser estratégico y realmente escoger sus prioridades. Llega con la mayor legitimidad política que cualquier analista pueda imaginar y un apoyo en el Legislativo que no se veía desde los 90. Si juega bien sus cartas, sin confundir medios con fines, puede seguir avanzando su visión de país sin comprometer la siempre frágil credibilidad ante los inversionistas.

Días antes de la elección, Alejandra Palacios, comisionada presidenta de la Comisión Federal de Competencia Económica, tendió un puente entre la ambición legítima de acabar con los privilegios de unos pocos y el lenguaje de los mercados. “Si tú eres de izquierda, con lo que estás molesto es con los privilegios en el mercado. Y justamente estarías abogando por más competencia. Porque la competencia lo que hace es eliminar las protecciones y privilegios de unos cuántos para que la mayoría de nosotros podamos tener (acceso) a bienes y servicios de calidad. Y si tú eres promercado lo que quieres es un mercado eficiente. Para que los mercados sean eficientes está comprado que lo que se necesita es competencia”.

Nuestro país habló clarísimo. ¿Qué tanto escuchamos?

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell