El desmantelamiento y destrucción institucional que sufre México tiene pocos paralelos en la historia moderna. Es una involución autocrática sin visión ni proyecto más allá del prejuicio ideológico, resentimiento e ignorancia, de la ocurrencia mesiánica, y de la ostensible creación de una gigantesca base clientelar. Su discurso es simple y falaz, repetición ad náusea de una pequeña colección de frases hechas y lugares comunes, expresión de una gran miseria intelectual, pero que con astucia pulsa fibras sensibles de una opinión pública mediatizada, rasgo esencial del populismo. Se trata de demoler el proyecto liberal de construcción institucional de las últimas casi cuatro décadas, orientado a la modernidad, democracia, meritocracia, equilibrio de poderes y contrapesos, apertura y competitividad, en el marco de una economía de mercado cada vez más eficiente, compleja y desarrollada. En ello, México estuvo enfrascado después del agotamiento del Desarrollo Estabilizador bajo el partido casi único del estatismo revolucionario. Y fue un proceso exitoso, visto objetivamente, aunque haya dejado muchos puntos de insatisfacción; destacan entre ellos un crecimiento económico mediocre, una corrupción muy arraigada, pobreza extrema persistente en el sur, y la incapacidad del Estado para combatir a la delincuencia. Las élites se autoflagelaron, no supieron reconocerlo ni plantear una narrativa convincente, ni erigir una defensa eficaz contra la caricatura del “neoliberalismo”, y su asociación consustancial y tramposa con corrupción. Por ello ha sido fácil negarlo, deslegitimarlo y deshacerlo, ante la mirada extraviada de casi todos.

Durante esas cuatro décadas los logros fueron notables. México transitó a una democracia efectiva y vibrante operada por el IFE-INE. Se consolidó la división de poderes con un Congreso plural y una Suprema Corte claramente autónoma. Se emprendió por primera vez una política social expresa y focalizada (Solidaridad, Progresa, Prospera) para el combate a la pobreza extrema. Se dio fin a los monopolios en telecomunicaciones, petróleo y electricidad. Se devolvió la banca comercial al sector privado. Se le dio autonomía al Banco de México, así como al INEGI, que se fortaleció y profesionalizó. México se abrió al mundo, primero a través de GATT y después, del TLCAN y de más de cuarenta acuerdos de libre comercio. Se creó la Comisión de Derechos Humanos y numerosos organismos autónomos en materia de regulación económica (Cofetel), competencia (Cofece), energía (CRE), hidrocarburos (CNH), evaluación de la política social (Coneval), transparencia (INAI), y evaluación de la educación (INEE). Se le dio un elemento de viabilidad al sistema de pensiones con las Afores. También se creó un sofisticado sistema anti-corrupción, y un mecanismo de sostenibilidad presupuestaria a los gobiernos estatales (Ley de Responsabilidad Hacendaria). Se instituyeron el Seguro Popular y el Fondo de Protección de Gastos Catastróficos para darle cobertura a la población no asegurada en enfermedades graves; el Fondo de Estabilización de Ingresos Presupuestarios para afrontar emergencias nacionales; y el Fonden para desastres naturales. Se llevó a cabo una profunda reforma educativa para devolverle al Estado la rectoría en la educación, sustraerla del control de mafias sindicales, y promover el mérito y la calidad en la educación pública. Fue creada una Policía Federal de carácter civil. Se edificó la compleja arquitectura institucional y regulatoria de la Reforma Energética, que alentó la participación privada a través de un mercado competitivo, menores costos, la transición hacia energías limpias y renovables, y el cumplimiento del Acuerdo de París en materia de Cambio Climático. En medio ambiente se creó la Semarnat, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, la Profepa y la Conabio. En política exterior, nuestro país adquirió un claro compromiso con la democracia, la cooperación y los derechos humanos, y con el sistema multilateral internacional.

Así, y entre otras muchas cosas, México se convirtió en un país plenamente democrático, en una potencia exportadora de manufacturas (autos, electrónicos, aeroespacial), y en la doceava economía del mundo. Crecieron enormemente las clases medias, y las ciudades del norte y centro prosperaron espectacularmente. El campo moderno se transformó en motor económico y de exportaciones. La esperanza de vida aumentó significativamente, y se abatió la mortalidad materna e infantil (indicadores clave de bienestar social). La cobertura de educación superior llegó a niveles considerables (36%), así como el acceso a viviendas dignas, y a una multiplicidad de satisfactores. La electricidad, agua potable y el saneamiento superaron coberturas del 90%. Se redujeron la pobreza extrema y la desigualdad (sí, también la desigualdad medida por el Coeficiente de Gini). Se construyó un importante Sistema Nacional de Áreas Naturales Protegidas, y grandes sectores industriales dejaron de ser factor relevante de contaminación.

Hoy, todo esto, que había que perfeccionar y desarrollar, está siendo frenéticamente demolido, en una delirante compulsión despótica, retardataria y autocrática. No valoraremos lo que teníamos hasta que lo veamos totalmente perdido. La reconstrucción será larga y costosa.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.

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