Nuestra sociedad asiste entre asombrada, preocupada y atemorizada a la evolución de un fenómeno global que hace escasamente dos meses no estaba en nuestra agenda: una pandemia de consecuencias aún desconocidas que está asolando gran parte de nuestro planeta.

Como especie humana hemos vivido y sobrevivido en el pasado a otras pandemias de efectos diversos. En 1918, entre 20 y 40 millones de seres humanos fallecieron por la “gripe española”, que tuvo su origen en un campamento militar en Kansas, pero que debe su nombre al profundo seguimiento que le dio, en aquel entonces, la prensa española.

En la última década, SARS, ébola, gripe aviar e influenza son algunas de las amenazas epidemiológicas a las que nos hemos enfrentado, pero nada parecido a la actual crisis sanitaria. A finales de marzo, según datos oficiales de la OMS, se superaban los 850 mil casos confirmados en el mundo y la triste cifra de más de 42 mil muertes. Para “las Américas”, rebasaban los 200 mil confirmados y las 4 mil muertes. La realidad es probablemente una de contagios en porcentajes mucho más elevados, como afirma, entre otros, el Imperial College London.

Sin entrar a valorar la veracidad de estas cifras, la escasa capacidad de realización de pruebas y el importante porcentaje de asintomáticos, la foto nos muestra una pandemia en plena curva de crecimiento en México y Latinoamérica. Nuestro país cuenta oficialmente con más de mil casos, y un número de decesos sorprendentemente bajo, 29 al escribir este artículo. El Gobierno declaró la gravedad de la pandemia e instauró la emergencia sanitaria con medidas de aislamiento social para la población.

Recordemos que el 50% de la población en México vive por debajo del índice de la pobreza, y un 57% de la fuerza laboral está en la informalidad. La paralización de la actividad económica –junto con el impacto del COVID-19 en Estados Unidos y otros mercados principales, la ruptura de cadenas de suministro, la caída del precio del petróleo, la debilidad del peso y la huida de capital extranjero de México y una muy debilitada capacidad de respuesta institucional—,  generaría en el corto y medio plazo un impacto infinitamente superior en México, y alargaría los plazos para una recuperación económica que, sin duda, se producirá al final de la contingencia.

Más allá de la tenebrosa foto sanitaria, social y económica a la que nos enfrentamos como sociedad, hay algunas razones para el optimismo.

La primera y muy importante, la responsabilidad y solidaridad del pueblo mexicano y la fortaleza del sistema familiar. Hemos visto ya muchos ejemplos de asunción de su responsabilidad por parte de la sociedad civil: universidades y escuelas, públicas y privadas, cerraron sus puertas físicas y migraron a un modelo digital y flexible. Muchas empresas recomendaron a aquellos empleados susceptibles de asumir los regímenes de teletrabajo. Familias enteras en todo México se pusieron en cuarentena voluntaria y muchas empresas adaptaron sus modelos a la contingencia por responsabilidad. Estoy convencido que estas medidas voluntarias y coordinadas con la sociedad, permitirán aminorar el (sin duda, terrible) impacto que puede tener el COVID-19 en el país.

Sin embargo, estamos ante una oportunidad extraordinaria y única de redefinir nuestro propósito como seres humanos y el rol de los negocios y las empresas en la sociedad post-COVID y en un modelo de capitalismo de accionista que ya daba síntomas de agotamiento; de explorar otras fórmulas y modelos.

Es necesario un llamamiento a la colaboración y coordinación de instituciones públicas y privadas para enfrentar de forma efectiva y coordinada los efectos de esta crisis. Vemos en todo el mundo, junto a miserables ejemplos de aprovechamiento de las circunstancias, innumerables prácticas de empresas y empresarios que están protegiendo a sus empleados por encima de su cuenta de resultados; ajenas a estas industrias que han puesto a sus trabajadores a producir material sanitario o tecnológico como respiradores, mascarillas y pantallas; emprendedores e innovadores corporativos que están liderando movimientos industriales de apoyo a sectores necesitados; grandes empresas, como en España, que están haciendo aportaciones billonarias para adquirir material médico necesario; acciones individuales o colectivas de filantropía hacia los colectivos que ya están sufriendo las consecuencias económicas del COVID-19.

Mención especial merece la labor extraordinaria del personal sanitario en todo el mundo, que se está dejando la piel haciendo un trabajo encomiable, en ocasiones arriesgando su propia salud, con deficiencias y escasez de equipo y suministro médico. Ellas y ellos son la vanguardia de esta lucha y no debemos escatimar recursos en el frente. 

Esta pandemia, estoy convencido, va a ser una lección muy poderosa y un impulso hacia el establecimiento en nuestro mundo post-COVID19 de un nuevo propósito para muchos de nosotros y la evolución a un modelo capitalista más responsable, inclusivo, sostenible y consciente. El tiempo nos dará o quitará razón.

Ignacio de la Vega es Profesor de Emprendimiento Global y Decano de la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey.