Una determinación legislativa sería suficiente para que en el presupuesto del próximo año se destinaran recursos de todos los mexicanos para que volviera a volar una empresa que sirve a un pequeño sector social, con el pretexto de los empleos que se salvarían.

Muchos, muchísimos de los males que azotan actualmente a la economía mexicana son producto del peor de los populismos del viejo régimen priísta. Más la suma de dos gobiernos panistas incapaces de corregir esas aberraciones.

Sobran los ejemplos de lo que hoy sigue siendo un enorme lastre para la economía mexicana.

En materia fiscal, los regímenes especiales en donde determinados sectores fueron premiados con el no pago de impuestos por simple concesión política. Ahí están los transportistas como muestra.

La falta de transparencia de los sindicatos, la obligatoriedad de los trabajadores de estar afiliados a estas organizaciones, la nula democracia al interior de estas agrupaciones y la opulencia de los eternos líderes de muchos sindicatos son un legado más del priísmo que se mantiene.

Las abultadas cargas en materia de pensiones de paraestatales, como Petróleos Mexicanos, que son irracionalidades que sólo se pueden explicar en la ambición política de tener controlado a un sindicato como el petrolero.

Los tianguis y la venta callejera tolerada de productos hasta robados y falsificados son también de manufactura política

Esto existe por obra y gracia del PRI y por la omisión del PAN y hasta por administración del PRD.

Y ahora que tras 12 años de perder muchas oportunidades renovadoras se van los panistas, regresan al poder los tricolores. Muchas nuevas caras, otras, los mismos viejos políticos de siempre y las señales encontradas.

¿En quién se puede confiar? ¿En Luis Videgaray, que llama a acuerdos a la izquierda y a la derecha y que habla de cambios estructurales profundos? ¿O en Manlio Fabio Beltrones, quien hoy empieza a negar la posibilidad de cambios reales por ser impopulares?

Son un gran misterio los priístas que gobernarán de nueva cuenta este país, ahora en el siglo XXI.

Por eso, habrá que atenerse a las primeras muestras que nos ofrezcan los legisladores del PRI a partir del próximo fin de semana y durante la siguiente Legislatura.

Y también habrá que estar atentos de las primeras medidas de Enrique Peña Nieto como Presidente (claro, una vez que el tribunal electoral califique la elección y éste tome posesión).

El caso de Mexicana de Aviación podría dar muestras pronto del estilo priísta de volver a gobernar.

Esta empresa está quebrada, sus posibilidades de volver a volar son pocas en la medida que más de un posible inversionista se ha echado para atrás en el último momento y ante la realidad de que ya han pasado dos años desde que está en tierra, la lógica hablaría de una inminente y necesaria quiebra.

Pero es ahí donde hay que rescatar las declaraciones de Enrique Peña Nieto de mayo pasado, cuando aseguró que apoyaría a Mexicana para que este mismo año regresara al aire.

No parece haber firmado ante notario esta promesa, pero es un hecho que los sindicatos de pilotos, de sobrecargos, de tierra y los trabajadores de confianza de esta línea aérea le van a recordar su compromiso.

Una determinación legislativa sería suficiente para que en el presupuesto del próximo año se destinaran recursos de todos los mexicanos para que volviera a volar una empresa que sirve a un pequeño sector social, con el pretexto de los empleos que se salvarían.

Si el próximo gobierno se atreviera a sacar de la bolsa pública miles de millones de pesos para rescatar, una vez más, a Mexicana, estaríamos ante la evidencia de que se estaría restaurando el viejo sistema populista tricolor.

Y atrás de Mexicana se formarían Aeroméxico, Interjet, Volaris y demás empresas del sector a pedir su parte en un acto de equidad.

Y después las empresas de autobuses, los taxistas y cualquier otra compañía que se dedique al transporte de pasajeros tendrían razones para exigir un trato justo.

Si la razón para una acción así es lo emblemática de la compañía, habría que ver el buen resultado de otras empresas que no alcanzaron a portar el nombre nacional en sus marcas y que se manejan con salud financiera y buen desempeño. Y habrá que ver cómo la otra empresa que sí presume el nombre nacional en su marca ha crecido y sigue en proceso de expansión.

Tampoco hay razones de seguridad nacional o de falta de cobertura que pudieran justificar esta decisión. Todo tendría que ver con un estilo de gobernar que muchos no quisiéramos volver a ver en este país.

ecampos@eleconomista.com.mx