En el 2015 hubo varios episodios en los que se disparó la incertidumbre entre los inversionistas y repuntó abruptamente la volatilidad en los mercados.

Hace un año, uno hubiera esperado que el foco de inestabilidad financiera hubiera tenido su origen en Estados Unidos (que tenía que definir la subida de tasas) o Europa (que tenía que resolver el tema griego), pero el foco en lo financiero está puesto en los emergentes. Los episodios de volatilidad el año pasado vinieron asociados a decisiones de política cambiaria en China o la caída del precio de las materias primas.

Afectaron a todos los activos y geografías, pero más a los emergentes, que registraron fuertes salidas de capitales. La relocalización de capitales arrastró a las bolsas, impulsó a las primas de riesgo y depreció divisas (sobre todo las más expuestas a materias primas).

¿En el 2016 los mercados podrán recuperar estabilidad? Si atendemos a las perspectivas de las economías desarrolladas, eso parece. La mejoría de la economía de EU y la confianza en una recuperación sostenida han animado a la Fed a subir las tasas de interés. Para los mercados financieros era un gran escollo que causó inquietud, pero finalmente fue superado con escasas repercusiones.

Las decisiones de la Fed ahora se verán afectadas por factores domésticos y externos. A esto se añade que en el 2016 será año electoral y que un bajo precio del crudo puede generar problemas serios en el sector corporativo y repercutir en otros sectores y mercados.

En Europa las perspectivas económicas también han mejorado. Algunos de los riesgos, deflación o salida de Grecia del euro se han diluido y el BCE ha mostrado su compromiso para utilizar todos los instrumentos a su alcance para apoyar la recuperación.

Sin embargo, la recuperación es frágil, por la falta de un marco institucional óptimo, o los retos que plantea la crisis migratoria. Los datos apuntan a cierta estabilización de los mercados, pero no es sinónimo de normalización; por un buen tiempo seguiremos en un entorno de tipos de interés anormalmente bajos , sobre todo en Europa mientras el BCE mantenga el programa de QE.

Más allá de EU y Europa, persiste la incertidumbre sobre las perspectivas de la economía china y, particularmente, sobre la política cambiaria del país, así como el petróleo como potenciales desestabilizadores, por no mencionar riesgos geopolíticos.

A pesar de la reciente incorporación del yuan como moneda de reserva, la presión depreciatoria sobre la divisa china no cesa ante la caída de reservas y las salidas de capitales.

En el caso del petróleo, se espera que toque piso y muestre señales de estabilización. Las economías más expuestas a materias primas, a financiamiento externo y que practican políticas menos ortodoxas son las candidatas a verse más penalizadas.

En el 2016 la recuperación de las economías desarrolladas invita al optimismo, pero la gestión de políticas, la aparición de nuevos focos de potencial inestabilidad y la mermada liquidez de los mercados invitan a la cautela.