Lo mejor del pasado es que ya se fue. Pero determina el presente. Y éste el futuro. También los deseos.

Por ello, es necesario confrontar lo que dicen los hacedores de proyecciones. Adivinar el futuro ha sido el segundo oficio más antiguo de la historia.

Cuando Ernesto Zedillo dejó la Presidencia de la República, las condiciones creadas, favorecidas por una situación positiva en Estados Unidos permitieron que la economía mexicana en el 2000 fuera la décima economía mundial por el tamaño de su Producto Interno Bruto (PIB).

Para el año pasado, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, fue la economía número 14 y las estimaciones para el 2017 colocan a México en la posición 15 a nivel internacional.

Todo esto con base en una política que permitió mantener la estabilidad macroeconómica, pero se ignoró la realización de grandes programas de inversión.

Consecuentemente explica los niveles bajos de competitividad. Ahora estamos en la posición 58 de 80 países.

Socialmente hubo deterioro en el ingreso real, en el empleo, en la educación, la salud y la seguridad social.

México ya lleva bastantes años de restricción económica y a pesar de los buenos deseos de nuestros gobernantes, no se traduce en cambios positivos para la sociedad que es escenario de una creciente polarización social.

Todo es y debe ser posible de replantearse. Para ello se necesitan planes de acción gubernamental, aunque sólo sea para desviarse de ellos.

Hay tres aspectos prioritarios para administrar la coyuntura y sentar las bases para que el país progrese.

Primero, la política. Se necesita que los partidos políticos sean funcionales al Pacto por México aportando sus visiones críticas y propuestas.

Resulta notable que los partidos políticos una vez que termina el periodo electoral ignoren lo que se necesita, ideas útiles para gobernar. La democracia electoral no es muy exigente.

Tampoco hay que soñar con revoluciones. En casi todos los países del mundo se ha impuesto como quehacer político el reformismo, sobre todo en sus versiones moderadas.

Segundo, la economía. Hay que evitar los aberrantes sobreendeudamientos de las entidades federativas.

La población no se explica la permisividad para que los gobernantes de estas entidades se conviertan en depredadores. Revela también que el poder efectivo es de quien lo ejerce.

Asimismo es importante la realización de grandes programas de inversión pública y privada, nacional y extranjera. Esto es particularmente importante para contener el efecto contagio de la crisis económica internacional. Brasil, por ejemplo, realiza desde el 2011 un plan de inversiones por 447,000 millones de dólares para impulsar el crecimiento económico.

Tercero, la sociedad. Hay que trascender los esquemas asistenciales porque olvidan lo que realmente se requiere que es una política redistributiva que compense las imperfecciones del mercado.

Ello conduce a realizar reformas en favor de la educación, la salud, la seguridad social, las pensiones y el medio ambiente.