S&P deja claro que no es tiempo de subir nota.

Las firmas calificadoras pretenden ser el GPS de los inversionistas que, como sucede en el primer mundo, les indica a los automovilistas dónde hay tráfico, dónde un bloqueo y dónde está la vía libre.

Les pagan para que analicen y cuestionen a los agentes económicos que tienen la intención de conseguir el dinero de alguien más para sus propósitos, sea una empresa, un banco o un país.

Tiene que ser un trabajo pulcro y honesto porque de sus determinaciones dependen muchas inversiones.

No han sido impecables en su trabajo. Se han equivocado incluso de manera garrafal como en el caso de las hipotecas subprime: nunca quisieron o pudieron ver la gran amenaza que eran para la economía estadounidense y del mundo.

Su falla para advertir a los mercados del planeta sobre el peligro de ese tipo de instrumentos provocó que muchos inversionistas fueran víctimas de su ignorancia.

En el caso contrario, las advertencias de las firmas calificadoras pueden desatar la ira de los escrutados y las reacciones pueden ser rabiosas. Ahí está, por ejemplo, el gobierno de Estados Unidos desautorizando a Standard and Poor’s por su advertencia de que el precipicio fiscal, derivado de la falta de acuerdos políticos, implicaba la necesaria degradación de la calificación de su deuda soberana.

Hay otros gobiernos que hacen de una calificación crediticia positiva un evento nacional. Una mejora en la nota de una de estas firmas financieras implica el destape de champañas.

Nada le gustaría más al gobierno saliente de este país que terminar la administración con una estrellita en la frente por parte de alguna de las tres calificadoras de más prestigio.

Los mercados maduros pierden atractivo ante la evidencia de que no son infalibles en el manejo de sus cuentas públicas. Europa es el caso más dramático sobre cómo desilusionar a las corredurías.

Grecia hasta hace no muchos años pagaba un premio muy similar al de los bonos alemanes. Su calificación estaba dentro del grado de inversión y los inversionistas apreciaban el premio extra que ofrecía Atenas por invertir en sus papeles.

Y, de ese nivel de primer mundo, de esas calificaciones únicas de un club muy selecto de naciones, Grecia pasó al nivel de la oferta de papel basura, superando incluso el riesgo de Argentina, que tiene la experiencia de no pagar sus deudas.

Alemania, Estados Unidos y Japón son naciones de gran fortaleza financiera -a pesar de sus serios problemas económicos- y los refugios tradicionales de los capitales; por lo tanto, sus tasas de interés en estos tiempos son incluso negativas.

Pero por lo que hace a los famosísimos BRICS, ni Brasil ni Rusia, vamos ni China tienen hoy una mejor perspectiva de seguridad que México para las inversiones financieras.

Las reservas internacionales, más la línea preferente del Fondo Monetario Internacional, más los altos ingresos petroleros y un déficit fiscal moderado son razones suficientes para que los capitales confíen ?en que los recursos que invierten en México tienen un alto grado de seguridad de ?ser recuperados.

Incluso la calificadora Standard and Poor’s (S&P) considera que la operación de los papeles de deuda mexicana está considerada de facto a un grado mucho mejor que el actual.

Actualmente, la deuda soberana mexicana tiene una calificación de esa firma de BBB , con perspectiva estable , pero S&P considera que a este país se le ve con ojos de un país con A de calificación.

Sin embargo, esa consideración, ese gesto de promoción de los papeles mexicanos que hace la firma no le alcanza a la misma calificadora como para considerar un cambio en el estatus actual de BBB .

El primer paso para modificar la calificación sería tomar vuelo con un cambio en la perspectiva, de su posición actual de estable a positiva . Ésa es la señal de que podría pasar algo. Un brinco desde la estabilidad hasta el upgrade es más difícil.

Y ni hablar de darle a México la A de calificación, no hay la perspectiva al menos de regresarle a este país la calificación que tenía antes de la gran recesión de BBB+ .

Pero más que eso, Standard and Poor’s deja en claro por qué no ha llegado el tiempo de mejorar la nota de México. Y tiene que ver con las mismas razones habituales: la dependencia fiscal del petróleo, la falta de reformas estructurales y, por lo tanto, un crecimiento alto y sostenido.

No parece que la actual administración pueda despedirse con una mejor calificación crediticia, pero sí con el reconocimiento de que hoy México es, informalmente, un mercado muy competitivo en materia financiera.

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