Ser mitológico, hermosa doncella hasta que fue violada por Poseidón. Esto hizo que transformara su bello cabello en serpientes y su fin fuera convertir a todo aquél que la mirase en piedra. Medusa muere cuando Perseo le corta la cabeza y de su cuello brota Pegaso, el caballo alado.

Breve versión de esta parte de la mitología griega como introducción a un tema que está presente en nuestra sociedad, una enfermedad que nos agobia, serpientes que con su veneno minan el tejido social, un rostro horripilante que nos petrifica: la corrupción.

Vivimos en un país plagado de actos corruptos, cuyo resultado es un menor nivel de desarrollo económico y son una causa de la desigualdad en la distribución del ingreso.

Corrupción a todos los niveles, desde la adjudicación de contratos de obra pública, hasta poder contar con el servicio de limpia, pasando por todos los trámites gubernamentales en los tres niveles de gobierno, poder acceder a servicios médicos, conectarse al servicio de energía eléctrica, recibir el correo, etcétera, un muy largo etcétera.

Según la última encuesta de Transparencia Mexicana, en los últimos 10 años la incidencia de corrupción, como promedio nacional, prácticamente no ha cambiado. Según este estudio, durante el año pasado se cometieron alrededor de 200 millones de actos de corrupción a lo largo y ancho del territorio nacional, casi 800,000 eventos por cada día hábil. En todos estos actos de corrupción, se estima que las familias desembolsaron alrededor de 32,000 millones de pesos, en promedio 14% del ingreso familiar, medida que esconde que para las familias de menores ingresos la incidencia sobre su ingreso familiar es significativamente más elevada, es decir, la corrupción tiene un efecto regresivo sobre la distribución del ingreso.

En todo acto de corrupción hay quién pierde y quién gana. Pierde el que tiene que pagar por recibir un servicio público o realizar un trámite; su nivel de bienestar se reduce porque esos recursos tienen un uso alternativo; principalmente, podían haber sido destinados a la adquisición de bienes de consumo familiar. Ganan los funcionarios corruptos que se apropian de una renta ejerciendo ilegalmente su poder público.

Lo que unos pierden lo ganan los otros; sin embargo, no es un juego de suma cero, sino uno de suma negativa.

La corrupción le cuesta al país, en la forma de mayores costos de transacción, una menor inversión, obras públicas y servicios de más baja calidad, menor crecimiento económico y deficientes desarrollo y bienestar de los mexicanos.

La ausencia de rendición de cuentas por parte de funcionarios públicos, junto con una ciudadanía que está prácticamente indefensa ante los actos que impunemente cometen los funcionarios corruptos, se convierten en un cáncer que va destruyendo a la sociedad, en una enfermedad que inhibe el progreso económico. Contralorías federal y estatales van y vienen y la corrupción simple y sencillamente no se reduce y, peor aún, en muchas ocasiones aumenta.

La solución obviamente no es fácil, pero sin duda uno de los aspectos centrales en la batalla en contra de la corrupción es la transparencia y la rendición de cuentas en un entorno de democracia efectiva y abierta al escrutinio público. Y esto es lo que no se tiene, a pesar de algunos pasos que se han dado en esta dirección, como es el caso del Instituto Federal de Acceso a la Información Pública.

La pregunta es ¿quién será nuestro Perseo: que aniquile a Medusa y permita que Pegaso vuele?

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