Estábamos jugando mal. En una cancha dispareja, con un equipo poco motivado, sin defensas, con delanteros desgastados, cometiendo faltas, con autogoles, con un director técnico sin preparación, sin capacidad, sin autoridad, sin valor, sin escrúpulos. Con árbitros que se vendían al mejor postor. Jugábamos a perder.

Amantes del juego, pero no de las reglas, de las porras y los gritos, pero no del silencio. Eufóricos y creativos para mentar madres, jugábamos a perder. Siempre dispuestos a señalar los errores de otros y pocas veces dispuestos a corregir los nuestros. Duros para juzgar a quienes jugaran mal, pero ciegos para reconocer nuestras propias faltas, pedir perdón y replantear.

Desgastados de tanto jugar mal y mal, acostumbrados a perder las últimas temporadas; de pronto la vida nos regaló una oportunidad: el medio tiempo. Pausa total. Todo se detuvo. Es hora de volver a los vestidores. Regresamos lastimados, pateados, golpeados, amonestados; dolidos de ver que en esa cancha aún hay muchos sueños por cumplir, muchos juegos por ganar. Pero, por ahora, habrá que esperar.

De pronto todo está en silencio, la cancha vacía y las gradas también. Afuera nos sentíamos libres sin darnos cuenta de que éramos esclavos de nosotros mismos. Paradójicamente, volver a los vestidores y a casa nos permite darnos cuenta de todo lo que debemos descargar, soltar y perdonar para fortalecernos, volver a concentrarnos, redefinir la estrategia y salir a ganar.

¿En qué fallamos? Ya no entrenábamos para fortalecer nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestro espíritu, y cuando lo hacíamos muy superficialmente, lejos de pensar en los demás y en que éramos un equipo, sólo nos importaba lo que nos pasara a nosotros, por egoístas, estábamos desconectados unos de otros y de nuestra propia esencia.

Cometimos muchos errores. Haber tolerado jugar desde un inicio en una cancha dispareja en la que permitimos que las reglas fueran ambiguas y se aplicaran a conveniencia, dependiendo de las circunstancias. Jugamos sucio y cometimos muchas faltas. Nos faltó motivación porque olvidamos quiénes somos en realidad y el poder que emana del corazón de cada uno para hacer el bien dentro y fuera de la cancha.

Cada vez que teníamos que concentrarnos, preferíamos enfiestarnos, llenarnos de ruido y distractores para no ver, para no escuchar, para no sentir. Creíamos que mientras nosotros jugáramos bien, no importaba lo que pasara con el resto del equipo, pues nosotros seguiríamos luciendo. Hasta que un día la vida nos enseñó que, si a los demás les va mal, todos perdemos aunque nosotros creamos que “ganamos”. Así de fácil.

Dejamos de ser solidarios, corrompimos a los árbitros y después nos quejamos de que estaban vendidos. Toleramos al peor director técnico en la historia de nuestro equipo con quien sólo hemos tenido pérdidas y autogoles. Curiosamente no sólo fuimos nosotros, todos los equipos en todas las divisiones cometieron los mismos errores alrededor del mundo. No resistimos más y hoy cada quien tuvo que volver a casa. No hay un solo equipo jugando en el mundo.

Toca entrenar a puerta cerrada. Es hora de concentrarnos, de reconocer lo que hicimos mal con el único propósito de mejorar cada día, dejando de lado lo que nos trajo hasta aquí: un exceso de egoísmo, soberbia y vanidad. No es tiempo para señalar culpables, sino de mirar adentro, de hacer introspección profunda, de reflexionar, de pensar, de revalorar y replantear para resurgir juntos como un solo equipo.

¿Cuánto durará este medio tiempo? No lo sabemos. Ojalá lo suficiente para reinventarnos, para salir y jugar de manera completamente nueva. Si nos preocupamos de corazón por el resto del equipo y procuramos que les vaya bien a todos, jugaremos a ganar y todo volverá a ser motivo de celebración. Gracias a Dios por este medio tiempo, ¡vaya que lo necesitábamos!

Twitter: @armando_regil