Algunos lo habrán olvidado, pero la previsión de la inflación del año pasado era del 3 por ciento. El año lo cerramos con más del doble de ese número previsto. En conclusión, tuvimos más del doble de inflación durante el año que acaba de terminar.

Hay explicaciones muy variadas para explicar esta muy delicada cifra. Muchas de ellas tienen razón y suenan plausibles, sino que muy probables. La más socorrida por el gobierno es que la inflación nos viene de fuera. El COVID generó una distorsión muy importante en las cadenas de suministro y redujo en general la capacidad productiva y de movilidad de los bienes y servicios y eso, a su vez, trajo un aumento internacional en un buen numero de productos. Los alimentos son uno de ellos y algunos bienes de capital y productos terminados.

La otra explicación es que en realidad algunos productos a nivel mundial como el gas, subieron de precio y ese aumento tiene una influencia muy importante en productos internos como la tortilla (los molinos y las tortillerías se mueven con gas), la luz y en general en la producción de bienes que están asociados a disponibilidad de ese energético.

Hay quien sostiene que el fenómeno internacional es importante, pero que los productores nacionales derivado de la desconfianza y la falta de inversión del gobierno en obra pública y en gasto que afecta a otras industrias han generado una relativa escases que a su vez a presionado los precios de diversos productos a la alza. De tal suerte que puede ser que en promedio la inflación haya sido del 7.3% al acabar el año, pero que algunos productos subieron más que ese promedio y otros se mantuvieron más o menos en el mismo nivel. Habida cuenta de que la inflación está medida por la canasta básica o por un grupo de productos que el Banco de México y el INEGI tienen considerados para hacer dicha medida.

La discusión pública ha considerado que estás explicaciones son razonables y que seguramente en una combinación poco afortunada de todo lo dicho anteriormente juega de manera poco afortunada para generar la inflación que ahora padecemos.

En lo que no están todos de acuerdo es en si ya se alcanzó el pico de la inflación o si seguirá creciendo. Y seguidamente, el gobierno en voz del presidente, asegura que esto no ha afectado lo logrado a los aumentos del salario mínimo, cosa que es completamente falsa como ya han dado cuenta diversos especialistas en el tema.}

A mi me preocupa otra cosa más profunda: la lucha por ingresos. Durante los años 80, la literatura nacional y una copiosa variedad de textos internacionales se abocaron a tratar el tema.

En un país con baja inversión, desconfianza en el sistema político y jurídico y con gastos del gobierno concentrados en proyectos específicos, en vez de una dispersión general en distintos sectores, se generan dos fenómenos.

Se genera lo que se llama inflación inercial, que consiste en que los actores económicos hacen un calculo de lo que será la inflación verdadera en su sector, rama o producto y desde el día 1 del año, aumentan los precios de sus bienes y servicios haciendo que la profecía (previsión) de la inflación se convierta en una profecía autocumplida, pues los actores productivos desde el día uno ya están en ese nivel de aumento de precios, lo que genera que la inflación al final del año no sólo se cumpla, sino que sea más alta, por lo que el argumento de que la inflación ya llegó a su pico no se sostiene.

El segundo fenómeno es qué en un ambiente de incertidumbre, falta de inversión y perdidas acumuladas (por ejemplo por el COVID) los entes productivos prefieren obtener ganancias rápidas y lo más altas posibles para contrarrestar las perdidas anteriores y tener disponibilidad de efectivo para hacer frente a sus compromisos, entre otros crediticios, por la consabida subida de tasas a la que el Banco de México recurre para controlar la inflación. Lo que significaría que nosotros mismos nos estamos metiendo el pie y tiraría el argumento de que la inflación viene de fuera y no de problemas políticos, de inversión y de acción de actores internos, como podría ser el caso. Nada más, pero nada menos tampoco.

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

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