Sea pasión o válvula de escape ante las frustraciones de la vida cotidiana. Como sea, el futbol y la Copa del Mundo en países como México atrapan la atención y se convierten en tema único, durante el tiempo que se mantiene activa la participación de la Selección Nacional. Y en temas dominantes, durante el resto del campeonato.

Y este viernes son los primeros 90 minutos de ese catalizador. El equipo con el monopolio del uso del nombre y los símbolos patrios se convertirá en la representación nacional.

Tómelo como un hecho, las actividades normales se suspenden hoy mismo. Mañana: oficinas cerradas, escuelas paralizadas, calles vacías, trámites detenidos, en fin, un país que acepta de forma mustia un asueto irregular.

Habrá temas que se podrán postergar sin mayores consecuencias, pero otros necesitan mantener la presión y la atención sociales. Desde la exigencia de una investigación seria en el caso de los asesinatos de migrantes mexicanos, hasta una profunda explicación de la autoridad sobre qué pretendían hacer los delincuentes con 20 kilos de un poderosísimo explosivo.

Es cierto que un Mundial de Futbol, como el que arranca mañana con el México-Sudáfrica, sirve para relajar las presiones sociales. Como pocas veces, nos volvemos mexicanos de corazón y hacermos, como pocas veces también, algo de manera coordinada y pacífica: apoyar al Tri.

El despertar de ese nacionalismo, tan ausente en la vida cotidiana, borra los sentimientos contradictorios que pesan sobre esta sociedad.

Nos sentimos orgullosos de que un grupo de atletas a los que elevamos a niveles de deidades nos representen en una guerra deportiva, y hacemos cálculos de los resultados de cada batalla. Aceptamos superioridades pero esperamos los triunfos lógicos y las sorpresas.

Hay una catársis colectiva que descansa en un deporte. Hay la profunda sensación de pertenencia que hábilmente se explota con fines políticos y comerciales. Y nadie se asume como utilizado en la medida en que sus expectativas se cumplan.

La sensación que se obtiene de alivio, tras la batalla en la cancha, es única y más si se acompaña del triunfo.

Hay festejos, hay buen humor e incluso una liberación física de tensión en cada regaño al jugador o en cada gol que se corea.

Ese bienestar casi narcótico está garantizado durante tres partidos y a partir de ahí, cualquier juego adicional es ganancia y también una dósis mayor de adrenalina colectiva.

Pero todo acaba. Cuando el equipo nacional es eliminado viene una frustración, pero siempre queda el remanente de la atención a la competencia mundial. Y cuando termina el campeonato vuelve la normalidad de la división, el encono, la preocupación y la cotidianidad.

El problema del Mundial es que llega en momentos complejos. El mes del Mundial es el de las campañas electorales y la apuesta es al poder del dinero, no del convencimiento del votante. Y eso nos va a pasar de noche.

En el terreno económico, seguro que Grecia, Hungría, Portugal; la inflación o la deuda interna nos pasarán de noche mientras haya futbol.

Pero la escalada violenta no puede pasar tan desapercibida. No es el combate al crímen organizado uno que permita la tregua futbolera. Y los signos de radicalización se agolpan.

Hasta los noticiarios más serios estaban volcados desde ayer a atender asuntos del futbol. Y la noticia generada la mañana de ayer, en el centro de la ciudad de México, pasó a engrosar la lista de las notas rojas tan habituales en estos tiempos.

No puede dejar de llamar la atención que la Marina Armada de México llegara, y no en barco, hasta la colonia Roma de la ciudad de México a realizar un operartivo donde decomisó 20 kilos de un explosivo plástico, C4, con el que se podrían hacer explotar edificios enteros.

Una pregunta debería estarnos retumbando ahora mismo en la cabeza:

¿Para qué querrían los delincuentes 20 kilos del explosivo que usa la ETA o Al Qaeda a la mitad de la ciudad de México?

Nadie quiere ver pánico en la ciudadanía, sólo una atención de la autoridad a las evidencias de un posible acto terrorista. Si después del 11 de septiembre del 2001, México adoptó medidas extraordinarias de revisión y prevención del terrorismo, ¿por qué no hacerlo ahora?

En México, se han cometido actos de terrorismo, como en Morelia el 15 de septiembre del 2008; lo más grave sería ignorar que el poder de fuego existe y que está probado que la delincuencia lo va a usar.