Quizás seamos brillantes para futurear, pero somos notoriamente incompetentes para traer el futuro al presente. No es un problema de ingenio o de imaginación —eso nos sobra. Nuestro problema viene de creer, equivocadamente, que las oportunidades que ya nos hemos topado en el pasado son ilimitadas hacia adelante.

Por más que repitamos que los días están contados, lo que nos gusta creer cuando actuamos es que siempre hay más tiempo y oportunidad: la dieta va, pero mañana o pasado; la idea de pasar tiempo con la familia o tener vida espiritual también, pero a partir del próximo lunes; nuestro plan de invertir o ahorrar por supuesto, pero aguanta hasta la próxima quincena; el nuevo Plan de Negocios de Pemex —ahora sí detallado, realista y accionable— va a estar disponible, pero esa información viene en semanas, máximo meses. Dijeron “sí” a evaluar si se reactivarán las rondas petroleras y los farmouts, sólo que no nos han dicho cuándo.

Cada demora elimina posibilidades de éxito. Quizás no importaría si fueran ilimitadas, pero son mucho menos de lo que creemos. La serie Marte de National Geographic, por ejemplo, deja claro que hay una larga y compleja serie de vuelos, eventos, hitos y avances que, si se demoran, desvían o fracasan, aunque sea por tantito, será imposible celebrar una exitosa misión tripulada a Marte para el 2033. A pesar de ser una meta a 15 años de distancia, necesitamos que todo se articule y alinee desde hoy para alcanzar este sueño. Dado el momento, no suena tan exagerado decir que nunca habrá más inercia para lograrlo. Ahora o nunca.

Sin el impulso y atención generados por el 50 aniversario del alunizaje, la comunidad petrolera mexicana hoy no está ni cerca de lograr cautivar ni un fragmento de este tipo de imaginación sobre nuestras cuencas frontera —espacios que, guardando toda proporción debida, también sería emocionante conquistar.

Hoy por hoy, es más fácil imaginar para el 2033 a un astronauta encontrando hielo y condiciones propicias para la vida en un profundo cráter marciano, como en la serie, que a México convirtiendo sus aguas profundas en un polo de desarrollo a gran escala, como sucede apenas del otro lado de la frontera.

Hay diferencias más allá de las proporciones. Contrario a la misión a Marte, por ejemplo, el problema en el reto petrolero no es que la tecnología aún no exista. Anclados en innovaciones robóticas de primer orden, que permiten perforar, mantener y sellar pozos exploratorios y productivos miles de metros por debajo de la superficie del mar, en el mundo hay desarrollos petroleros de gran escala en aguas ultraprofundas desde hace décadas. No hay que ir más lejos: en estas profundidades, Pemex ya lleva varios pozos exploratorios.

Pero aquí ha faltado algo que a los planes marcianos parece sobrarles. Allá se asume, sin mayor problema, que encontrar hielo y un cráter habitable inevitablemente atraería capital y tecnología mundial para garantizar que la oportunidad no se desperdicie. Acá, muchos de los recursos petroleros descubiertos en aguas profundas mexicanas, a pesar de ser considerados valiosos y rentables, no corren con la misma suerte. México, con todo y su potencial y sus éxitos exploratorios, no ha podido hacer ni un solo desarrollo en aguas profundas.

Las rondas licitatorias y los farmouts pusieron las bases para revertir esto. No sólo trajeron más recursos a la mesa para explorar. Al crear un modelo abierto, prácticamente garantizaron el acceso al capital y la tecnología para desarrollar cualquier oportunidad que valga la pena. Bajo este modelo, de acuerdo con la Agencia Internacional de Energía, para el 2033 ya estaríamos bien encarrerados para producir 1 millón de barriles diarios desde aguas profundas. Es más de la mitad de lo que hoy produce todo el país. Las aguas profundas mexicanas van.

Mejor dicho, iban. Hemos sustituido la apertura con nuevos mantras: no más rondas, no más farmouts, no más inversiones de Pemex en este tipo de oportunidades. Quizás nos haga sentir mejor decirnos que sólo son mantras y sólo por ahora. La realidad es que, aun asumiendo que algunos de los importantes proyectos exploratorios sean exitosos, la visión 2033 de las aguas profundas mexicanas está a punto de morir. ¿Tendría algún caso que compañías como SpaceX gasten miles de millones de dólares en la construcción de un cohete reutilizable sin poder concatenar el proyecto a la visión de fundar la primera colonia humana en Marte para el 2033? ¿De verdad creemos que podremos atraer el mismo capital y tecnología para desarrollar proyectos que representen casos completamente aislados, sin posibilidad de crecer e interconectarse con una visión más grande?

Hay otro punto importante en el que México no puede darse el lujo que Marte se permite. La colonización de Marte podría iniciar después del 2033 y aún ser exitosa. Pero dada la evolución de la economía y sus necesidades, los yacimientos mexicanos en aguas profundas que no hayan atraído suficiente desarrollo para aquel entonces parecen destinados a quedarse bajo tierra, varados, desatendidos y desaprovechados —no por un sexenio, sino para siempre.

Pensar que nuestros días no están contados nunca va a dejar de ser absurdo. Ni la dieta, ni la familia, ni el plan de ahorro realmente pueden esperar sin sufrir o sacrificar. Por incompetentes que seamos para traer el futuro al presente, es momento de reconocer que sólo nos queda lo que sobra del sexenio para que los nuevos proyectos de aguas profundas que arranquen de cero, en asignaciones o rondas, puedan estar produciendo para aquel entonces. Si no es ahora, no es nunca.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell