En meses recientes, el Sistema Nacional de Refinación ha operado en niveles de utilización de 40%, muy por debajo de su capacidad nominal. Es alarmante. Pero, si pensamos sobre la actividad de exploración y producción en términos similares, de margen de utilización, la situación es aún más alarmante.

Vamos por partes. Pemex hoy tiene a su cargo 417 asignaciones. Estas áreas, donde Pemex tiene los derechos de exploración y producción, representan lo mejor de lo mejor de los recursos de portafolio petrolero del país. Concentran reservas 3P de casi 19,000 millones de barriles de petróleo crudo equivalente —74% de las reservas totales de gas y petróleo del país.

Pemex no está logrando sostener su actividad en todas. En 275 de las 417 asignaciones, de hecho, el nivel de inversión materializado es menor a 50% de lo que se estipuló en los programas de inversión de la Ronda Cero. Aproximadamente dos tercios de las asignaciones de Pemex están dramáticamente subutilizados.

Este primer dato, preocupante, contrasta significativamente con los 110 contratos petroleros otorgados a partir de las rondas. Los nuevos operadores petroleros en nuestro país hasta ahora han sido mucho más cumplidos: el porcentaje de contratos cuyas inversiones ya materializadas van por encima de 50% estipulado es de 99 por ciento. Para aprovechar por completo el potencial petrolero de nuestro país, garantizar que todas las áreas que ya tienen un operador alcancen niveles de actividad óptimos debería ser una prioridad. En el caso de privados, esto implica echarle ojo con lupa a un sólo contrato. En el caso de Pemex, a 275. ¿Para cuántos de estos 275 contratos alcanzará a llegar la inversión, ya con rescates de por medio? ¿Cuántos se tendrían que repensar como asociaciones estratégicas para poder cumplir las metas mínimas de inversión? Es todo un reto resolver tan sólo estas preguntas.

Pero dejar los planes aquí, y limitar el potencial petrolero del país a las oportunidades que ya tienen un operador formal sería un error. Por más que la suma de las asignaciones y contratos represente la gran mayoría de las reservas del país, suma apenas un tercio del universo total de los recursos prospectivos de México, el universo total de las posibilidades de largo plazo.

El restante 66% prácticamente está ocioso, abandonado. Son 502 áreas, con 112,000 millones de barriles de petróleo crudo equivalente en recursos prospectivos, que no tienen operador y así podrían quedarse indefinidamente. El gobierno mexicano ha detenido los planes para conseguirle uno en el corto o mediano plazo. Como tal, el margen de utilización del portafolio de recursos prospectivos del país —de 34%, ya sumando rondas y asignaciones— es aún peor que 40% de las refinerías.

Acercarnos a un nivel de plena actividad petrolera, de acuerdo con las presentaciones de transición de la Secretaría de Energía, requeriría una inversión anual de 26,500 millones de dólares tan sólo en exploración y producción durante 15 años seguidos. Como referencia, el acumulado es equivalente a 75 veces el monto de rescate financiero de Pemex anunciado en estos días, ya con los ahorros de la lucha contra el huachicol. Implicaría más que duplicar las inversiones anuales actuales de Pemex en exploración y producción. En términos de pozos a perforar, México requeriría unos 1,200 pozos en promedio al año, la gran mayoría de ellos en plays de shale. En el 2018, sumando los exploratorios y de desarrollo, de Pemex y privados, alcanzamos apenas 215.

El reto es titánico. Pero, para un país petrolero, debería ser igual o más inaceptable tener un “margen de utilización” tan bajo en exploración y producción que tenerlo en refinación. La pregunta de fondo es: ¿Los 200,000 millones de dólares y 15,000 pozos que nos faltan de inversión adicional en los próximos 15 años en realidad pueden salir de la caja del gobierno y nueva deuda de Pemex? ¿O sería mejor aprovechar, como en muchos otros sectores estratégicos, un modelo mixto de inversión?

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell