La marcha del 2 de febrero, convocada por jóvenes feministas a raíz de los intentos de secuestro en el metro de la Ciudad de México, es un fuerte llamado de atención al Estado mexicano y a la sociedad. En el contexto de feminicidio, desaparición y violencia sexual que desde hace años se da en el país y ha crecido, sin freno, en la capital, la respuesta de la sociedad movilizada es clara: no al miedo, aunque tengamos miedo, no al silencio: “Unidas nos mantenemos vivas”.

Una forma de saberse juntas y de hacer viva y visible esa unidad es salir a las calles y reclamar el derecho a transitar libres y seguras, afirmar con la rodada nocturna del 1 de febrero: “Las calles son nuestras, la noche también”; recalcar al día siguiente: “De camino a casa, quiero ser libre, no valiente”; demostrar con energía el poder de la palabra: “Te dije que no... mi cuerpo es mío, yo decido”; rechazar el control por el terror: “No pienso regalar mi libertad a cambio del miedo”, “No pienso evitar ninguna estación del metro”; romper el silencio impuesto o cómplice: “Nunca tendrán la comodidad de nuestro silencio otra vez”.

Similar en vibrante mezcla de indignación y fortaleza a la del #24A del 2016, aunque menos nutrida y variopinta, la movilización llenó las calles de emoción, entusiasmo y, en algunas, sentimientos encontrados: alegría ante la reacción por momentos lúdica de las manifestantes, pesar por las causas que llevan a miles de personas a protestar en masa una tarde de sábado, escepticismo ante la repetición de denuncias que, una vez más (¿cuántas más?), develan una realidad terrible y una impunidad insoportable: “ No aparecemos muertas, nos matan”, “No desapareció, se la llevaron al prostíbulo”.

¿Hasta cuándo será necesario denunciar el feminicidio caminando con la foto de un ser querido por Reforma? ¿Hasta cuándo gritar “Ni una menos” o exigir “¡Desmantelar redes de trata ya!” a autoridades sordas que tuercen cifras, invitan a denunciar sin reconocer la incapacidad de ministerios públicos y que investigan la colusión de policías y delincuentes cuando ya no pueden acallar la indignación pública. ¿Es que sólo la sociedad ha aprendido algo del feminicidio en Ciudad Juárez y el Estado de México o de las marchas de madres y colectivos que cada año reclaman por sus desaparecidos? ¿Acaso le corresponde a la sociedad investigar y denunciar cada uno de los tipos de crímenes contra mujeres y niñas y, además, dar pistas? Hace más de 25 años que cientos de mujeres hacen este trabajo, aun a riesgo de su vida como Marisela Escobedo, o con enorme valor, como Irinea Buendía.

Ni a ellas, aunque lo hagan, ni a las jóvenes que hoy salen de nuevo a las calles les corresponde prevenir, investigar y sancionar. Este trabajo es obligación básica de las autoridades que, como demuestran cifras y hechos, no han cumplido. Tampoco le toca a la sociedad elaborar un programa integral de seguridad ciudadana o de prevención de violencia contra las mujeres. Sí cabe recordarles a los gobiernos estatales y federal las recomendaciones, vinculantes, de la CEDAW en el 2018, por ejemplo: tomar “medidas urgentes” para prevenir feminicidio y desapariciones, y castigarlos, fortalecer la seguridad pública, combatir el crimen organizado, garantizar el acceso a la justicia, acabar con estereotipos, promover la igualdad y los derechos de las mujeres...

A la luz de la demagogia punitiva en auge, recordemos que ninguna recomendación incluye la prisión preventiva oficiosa como panacea contra el feminicidio. No es solución: las leyes con sanciones de 40 o 60 años de cárcel no han evitado ni el crimen ni la impunidad. La prisión automática mina, además, la garantía de los derechos humanos: ¿quién garantizará el debido proceso? Urge reconstruir el sistema de justicia, no saturar las cárceles.

Las autoridades están obligadas a diseñar una política integral, transversal, que ataque el problema estructural de la desigualdad de género y el machismo y sus manifestaciones presentes como un todo, no con parches.

A la sociedad corresponde ahora exigir cambios efectivos.

@luciamelp

LucíaMelgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).