No parece superfluo expresar que sería incorrecto pretender agotar el papel de la empresa en la mera producción de bienes o servicios (LA CONFIANZA COMO BASE DE LA RELACIÓN EMPRESA-ESTADO, Luis María Caballero, cuaderno 115, Instituto Empresa y Humanismo, Universidad de Navarra, Pamplona, 2011).

No puede considerarse tampoco que la empresa posea como único fin ganar dinero. Por el contrario, sin lugar a dudas la empresa posee un papel muy importante en la construcción de la sociedad. “Cuando se confunde el simple enriquecimiento con la economía, se trastoca también el orden de los subsistemas sociales. Fácilmente se corrompe el derecho y la política, persiguiendo intereses individualistas... En cambio, el sistema social cumple su función cuando la economía queda subordinada al derecho y a la política, y éstos, a su vez, quedan dirigidos por la ética”.

Pese a lo que podría parecer a simple vista, la confianza es especialmente imprescindible en las actuales sociedades, cada vez más tecnificadas. En efecto, sostiene Grimaldi, en el siglo XIX a un campesino o artesano podía bastarle la confianza en su propio oficio, mientras que en la sociedad posindustrial, la división del trabajo hace que la tarea de cada uno dependa de la de todos los demás. Evidentemente, esa interrelación será fructífera sólo en la medida en que uno pueda, razonablemente, suponer que cada quien cumplirá con su parte del pacto: “Cuanto más racionalizado, técnico y sistematizado es el mundo, menos fiable resulta, de modo que cada uno sólo puede confiar en sí mismo al confiar en la buena voluntad de todos los demás”.

Nicolás Grimaldi sostiene, asimismo, que “la constancia en la repetición de experiencias comprueba, fortalece, justifica y mantiene nuestra confianza, y por lo tanto, esa constancia es condición de posibilidad de la existencia de la confianza. Esto es así, pues aun cuando puede existir una confianza espontánea e ingenua, y de hecho la hay, su mantenimiento depende de que esa prestación anticipada sea merecida, la virtud que más confianza merece no es tanto el genio de empezar y maravillar, como la austera magnanimidad de proseguir sin defraudar nunca”.

Grimaldi sostiene que la desconfianza generalizada que hoy se observa sólo sería superable, en primer lugar, “compartiendo una meta común. Es decir, que todos fuéramos servidores de un mismo ideal... El fundamento de la confianza sería, por tanto, la comunión en el mismo afán, en el mismo ideal”, y en segundo lugar “a través de la simple solidaridad de intereses... Lo que fundamenta la confianza es la reciprocidad de los compromisos, la comunidad de los intereses y, por ello, la comunidad de los criterios y de los juicios”.

Por último, se puede destacar también como relevante la idea de que “entre la confianza personal y la confianza en las instituciones se debe hablar todavía de la confianza que posibilita la interacción intrasistémica, la confianza entre empresarios y participantes en el mercado, pero sobre todo de la confianza que es imprescindible para el funcionamiento exitoso de una empresa”.

Se ha insistido mucho en que el gobierno ha sembrado la desconfianza social, por lo que las inversiones de los empresarios en el 2019 bajaron 4% y en el 2020 apenas se estima mejore 1%, confianza que es indispensable para que los empresarios se animen a invertir. Pero —como señala Grimaldi—, tanto empresarios como sociedad compartimos una meta común, México, en la que los empresarios pueden también poner de su parte para sembrar confianza, no por el gobierno, por el futuro del país, para que la salud social necesaria para convivir en el capitalismo, que menciona Pérez Adán, permita una sociedad ya no quizá de confianza, término demasiado ambicioso, dados los términos de polarización social que vive el país, pero sí de convivencia más pacífica. Es parte del deber de justicia distributiva que le deben al resto de la sociedad, aunque el gobierno con frecuencia no la merezca.