Hay quienes piensan que la esencia del mexicano está constituida por granos de maíz producido en México pegados con chapopote producido por Pemex, lo cual lleva a pugnar por dos cosas: la autosuficiencia en la producción de maíz y que el petróleo sólo puede ser explotado por un monopolio gubernamental.

Ambos son claramente incorrectos. Primero el maíz. Dada la orografía e hidrografía de la República Mexicana, es claro que no tenemos ventaja comparativa en la producción de granos. La mayor parte del territorio nacional, particularmente el Altiplano, es semidesértico o desértico y sólo pocas regiones del país, como son las franjas costeras de Sonora y Sinaloa por el lado del Océano Pacífico o la de Tamaulipas y Veracruz en el Golfo de México, así como algunas zonas del Bajío que tienen las características físicas que permiten generar una alta productividad por hectárea sembrada.

Aunado a ello, un elemento que deriva en la muy baja productividad agrícola es la estructura de la tenencia de la tierra. Una reforma agraria pésimamente diseñada y ejecutada derivó en un arreglo institucional notoriamente ineficiente. Por un lado del ejido, como una estructura de propiedad comunal, no genera los incentivos eficientes para la utilización de los recursos productivos. Por otra parte, la misma política agraria derivó en una significativa atomización de la tierra, dando lugar a los minifundios, que por su muy pequeña extensión y por donde están localizados, no permiten la introducción de tecnologías modernas de producción y son, en consecuencia, unidades de producción con una muy baja productividad. Así, mientras que en las llanuras costeras de Sinaloa, la productividad por hectárea es de alrededor de 10 toneladas, en los minifundios apenas llega a 700 kilogramos por hectárea.

Mantener esta estructura de la tenencia de la tierra, subsidiando con enormes recursos para que la gente se quede en su parcela, sólo perpetúa la pobreza, constituyéndose en un lastre al crecimiento y desarrollo.

Segundo, el petróleo. México es prácticamente el único país en el mundo, junto con Corea del Norte, en donde no se permite la participación privada en la extracción y refinación de los hidrocarburos. Ante la propuesta de abrir parte de este sector a la participación del sector privado, nacional o extranjero hay quienes, como la izquierda, se rasgan las vestiduras y emprenden una cruzada para impedir que se entregue el petróleo que nos pertenece a todos los mexicanos .

El arreglo institucional del sector petrolero mexicano es muy ineficiente dado que los derechos de propiedad no están definidos. Pemex es de todos los mexicanos y por lo mismo no es de nadie. Este vacío deriva en que para efectos prácticos hay quienes se apropian de este organismo público, particularmente la burocracia y el sindicato, que extraen una enorme cantidad de rentas. Además no existe una efectiva rendición de cuentas, lo que deriva en una operación notoriamente ineficiente. Permitir la participación del sector privado en Pemex no solamente aportaría nuevos recursos y tecnología para incrementar la capacidad de producción, sino más importante aún, introduciría elementos de gobierno corporativo que derivaría en mayor transparencia y mayor rendición de cuentas, reduciendo significativamente la búsqueda y apropiación de rentas a las que ahora se enfrenta este organismo público y que se traduce en una significativa pérdida social.

El mexicano no es maíz pegado con chapopote y si queremos tener una economía con mayor crecimiento y mayor desarrollo es imperativo romper con esta idea.

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