Lo hizo de manera lenta, pero ya consolidó la dictadura; ordena cerrar la Asamblea sepultando a la oposición.

No hay sorpresa. Nicolás Maduro eligió el año pasado caminar por la ruta que tarde o temprano descarrila en dictadura: decidió no convocar a elecciones de renovación de gubernaturas en los 24 estados que conforman Venezuela. El plazo fatal fue el primer minuto del 2017.

La segunda decisión autoritaria fue haberle pedido al Tribunal de Justicia cancelar el proceso del referéndum revocatorio que la Mesa de Unidad Democrática (los partidos opositores de Maduro) organizó de manera constitucional desde la Asamblea (Congreso).

Fue decisión de Hugo Chávez someter la Presidencia a evaluaciones permanentes por parte de la sociedad. Maduro, sabiendo que la mayoría de los venezolanos lo detestan, decidió violar la Constitución escrita por su mentor, ni elecciones ni referéndum.

La decisión que tomó el Tribunal de Justicia el miércoles por la noche de cerrar la Asamblea simplemente no genera sorpresa porque se trata de una nueva escala que eligió Maduro para aferrarse en el Palacio de Miraflores. Como Erdogan en Turquía, Maduro intentará convertir su Presidencia en un sultanato.

Nicolás Maduro se ha dejado convencer por la bicefalia que controla los hilos políticos de Venezuela: Vladimir Padrino y Diosdado Cabello, secretario de Defensa y legislador, respectivamente. A su vicepresidente, Tareck El Aissami, Maduro lo nombró para que hiciera las veces de Pepe Grillo: una conciencia radical en el despacho presidencial.

El pasado 12 de julio, Maduro transfirió gran parte de su poder a Vladimir Padrino bajo la etiqueta de proveedor de alimentos en medio de una crisis humanitaria. La realidad fue otra: comprar a la cúpula del Ejército a cambio de lealtad. La tropa se encuentra lejos, muy lejos del modo de vida de Padrino y sus secuaces.

Diosdado Cabello fue el gran perdedor colateral después del cáncer de Hugo Chávez. Desde un hospital cubano, los Castro convencieron a Chávez de nombrar como su sucesor a un personaje maleable en lugar del militar en quien pensó desde el primer momento en el que un doctor le reveló el tiempo que le quedaba de vida.

Nicolás Maduro se convertiría en el cachorro de los Castro... por unos meses. El 17 de diciembre del 2014, Estados Unidos y Cuba anunciaban el restablecimiento de relaciones diplomáticas dejando al mismo tiempo, al eje chavista bajo tierra. Como la caída de un conjunto de fichas de dominó, Argentina, Brasil y Perú profundizaron la soledad de Maduro.

La llegada de Trump a la Casa Blanca tampoco jugó a favor de Maduro. El etnocentrismo del republicano, representado por su renuncia a liderazgo político global, hizo pensar a Maduro que Venezuela no sería un tema prioritario para la Secretaría de Estado. Se equivocó. Marco Rubio se encargó de llevar el caso de la crisis democrática al Despacho Oval. Fue el 15 de febrero cuando Lilian Tintori fue recibida por el presidente.

Luis Videgaray convenció al presidente Peña Nieto de mover ficha sobre el tablero geoestratégico. Luis Alfonso de Alba tuvo una brillante participación el martes durante el debate sobre el caso venezolano en la OEA, en Washington. Desvaneció la postura ridícula de la canciller venezolana Delcy Rodríguez. Empotrando los problemas de México en una retórica anquilosada, la venezolana no pudo sostener su juicio de la supuesta doble moral del gobierno mexicano. Se equivocó. A México sí le hace recomendaciones instituciones supranacionales sobre derechos humanos. Podrá o no gustarle al presidente mexicano pero las tiene que aceptar. Inclusive, acepta las que vienen del Departamento de Estado.

Maduro culmina lentamente un golpe de Estado.