Emmanuel Macron llegó a la Presidencia francesa en mayo del 2017 gracias a la descomposición súbita del sistema de partidos políticos de su país.

Macron pasó de perfil o de puntitas por el entorno sombrío que terminó por intoxicar a los socialistas (Hollande) y republicanos (Fillon). De ahí su fórmula publicitaria exitosa tipo Coca-Cola: “Ni de izquierda ni de derecha”.

Macron realizó una jugada maestra, posiblemente acordada junto al propio presidente François Hollande. Para evitar la victoria de la oposición ante la caída demoscópica de los socialistas Macron saltó del barco antes de que naufragara. Fundó un movimiento que terminó por llevarlo al Palacio del Elíseo.

Ganó Macron y no perdió Hollande pues no le entregó la estafeta a sus antagonistas.

Francia, la poseedora del copyright de la geometría política, que hasta hace algunos años fue tratada como convencional, resintió la ola populista agitada con la llegada de refugiados sirios, eritreos y afganos a Europa.

Si Donald Trump es el síntoma de una enfermedad llamada Brexit, la Unión Europea es el objetivo de destrucción de los que siguen la escuela de Steve Bannon. Macron despertó en el Palacio del Elíseo con la tarea de “defender el mundo libre”, como publicó en su momento The New York Times. Nunca se imaginó que desde Estados Unidos el deseo del inquilino de la Casa Blanca sería destuir a la Unión Europea.

Lauren Collins (“Can Emmanuel Macron Stem Europe’s Populist Tide?”, The New Yorker, 1 de julio del 2019) le preguntó a Jacques Attali si el deseo o el apetito de Macron es el riesgo. Attali respondió que no. Que lo que mueve a Macron es su hambre por la transgresión.

Si Macron no es ni de izquierda ni de derecha, ¿qué contenido político nutre su cotidianidad laboral?

Lo que es cierto es que en Francia cada vez se pregunta con mayor frecuencia: ¿Qu’est-ce que le macronisme? (¿Qué es el macronismo?). Collins cita un libro: El ambiguo señor Macron, cuyos rasgos del presidente son similares a los de Tom Ripley, el protagonista de la magnífica saga escrita por Patricia Highsmith (por lo intrépido, no por lo criminal).

Bartleby, el personaje de Herman Melville, se regodeaba al decir todo el tiempo: “preferiría no hacerlo”. Macron, recuerda Lauren Collins, siempre repite: en même temps, “al mismo tiempo”.

Uno de los ejes de la campaña presidencial de Macron fue la Unión Europea. La dosis necesaria para ganar votos entre liberales y socialistas frente al extremismo aldeano de Marine Le Pen.

Para ser líder en Europa hay que controlar simultáneamente dos cuartos de máquinas: el país que se dirige y la Unión Europea. No se puede ser líder de Europa sin imponer la ruta crítica de la Unión Europea. Macron ha intentado quitar la estafeta a Markel, no ha podido pero el ciclo orgánico de la alemana se encuentra ya en la zona de rendimientos decrecientes.

En pleno tránsito hacia la agonía política, Merkel rescató de las votaciones europarlamentarias (donde los conservadores obtuvieron el mayor número de escaños) la energía suficiente para imponer a Von der Leyen como la próxima presidenta de la Comisión Europea, ganando lo que parece ser su último partido relevante en contra de Macron (que apoyaba a Frans Timmermans). Macron, por su parte, coloca a Christine Lagarde al frente del Banco Central Europeo.

La ruta crítica de la Unión Europea para los próximos cinco años estará cubierta de turbulencia.

Los golpes de un guarura a las encuestas

La imagen de Macron (que no es necesariamente la auténtica sino la mediática) entró a una zona de desgaste desde que el diario Le Monde publicó un video en el que aparece Alexandre Benalla golpeando a manifestantes. ¿Quién es Benalla? Un personaje sui géneris porque en apariencia es miembro de su equipo de seguridad, pero en realidad es un personaje de su círculo de confianza. Su sueldo era superior a cualquier guardaespaldas presidencial. El incidente ocurrió el 1 de mayo del 2018.

Para la opinión pública Macron no condenó el acto de Benalla. Un caso típico de Tom Ripley.

El surgimiento de los Chalecos Amari- llos provino de un corto circuito de empatía entre Macron con un segmento poblacional; su imagen tipo Ermenegildo Zegna fue distorsionada por miembros de una clase media venida a menos que no estaban dispuestos a tolerar cargas fiscales a la gasolina.

Con la inminente llegada de Boris Johnson y la posible reelección de Trump en el 2020 llega el momento crítico para Macron. Una ola de extremistas está asfixiando a la democracia. Hungría, Polonia, Austria, Italia y, poco a poco, Alemania.

Macron es el último dique para impedir que la democracia iliberal se apodere de Europa; el último dique para impedir que el populismo xenofóbico de Trump dañe cada vez más al mundo.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.