¿Cómo viven la alimentación las personas con habilidades diferentes? Sin duda, éste es un enfoque de muchas aristas, puesto que en el esfuerzo de nombrar “habilidades diferentes” para referirse a un grupo de la población se pierde especificidad en sus necesidades dependiendo de su condición.

La ausencia de popotes en las bebidas es un tema en tendencia, debido a las iniciativas que han tomado algunas cadenas de cafés, productoras de jugos, entre otras compañías, para reducir el consumo de plástico de los popotes que afecta significativamente nuestro medio ambiente. En medio del debate, en el que aparentemente una gran mayoría está de acuerdo en ir habituándose a restringir el uso de plástico en su vida diaria, surgió un debate sobre la forma en la que personas que están imposibilitadas para beber sin popotes por alguna condición de salud podrán hacerlo sin sentirse discriminadas.

De la misma manera, algunas voces se han alzado por la forma en la que lugares públicos de consumo de alimento tendrían que tener cada vez más y mejores consideraciones sobre las capacidades diferentes de personas a las que les es imposible ver un menú o escuchar las diferentes opciones por parte del mesero. Son actos simples y cotidianos en los que no reflexionamos lo suficiente sobre cómo contar con menús para débiles visuales puede hacer la diferencia en la autonomía e inclusión de muchísimas personas. El debate del popote sin duda arrojó nuevas interrogantes sobre las formas en las que estas situaciones deberían ser confrontadas.

La comida estimula de manera significativa todos los sentidos. Sabemos por investigaciones científicas que, ante la disminución de la función de uno de ellos, los otros se exacerban para compensar esa falta. Por este hecho, se tiran por la borda algunos mitos como que la buena comida (cualquiera que sea su connotación o lo que esto signifique) es un placer reservado para quienes tienen un afinado sentido del gusto o del olfato, por ejemplo. En este sentido, no existe razón ni fisiológica ni social para dejar de considerar y repensar formas en las que las personas con capacidades diferentes merecen mayor inclusión en las actividades del día a día, que incluyen, evidentemente, el hecho de alimentarse. Tener opciones que faciliten estos hechos da un mayor poder de decisión a alguien que originalmente no tendría por qué haberlo perdido sólo por tener una capacidad disminuida.

En este sentido, sin duda el hecho de reducir el plástico no está peleado con personas que no puedan beber directamente de un vaso. Existen evidentemente alternativas, como la utilización de un popote reusable en metal que puedan traer consigo siempre. El enfoque de este hecho debería ser cuestionarnos hasta qué punto estamos lejos de la inclusión en la realización de las actividades que para algunos pueden parecer de lo más cotidianas y banales, pero para otros marcan una diferencia significativa no sólo en su autonomía sino en su capacidad y poder de decisión. Es tarea de la sociedad civil repensar cómo, desde cada una de nuestras trincheras, podemos crear condiciones favorables a ellos que, en ocasiones, ni siquiera significan una mayor inversión de dinero.

Queda también pendiente investigar cómo estos cambios son percibidos, vividos e incorporados por todas las personas involucradas en hacer espacios públicos, como los lugares de consumo de comida, más incluyentes en la práctica y no sólo en la leyenda a la entrada de la puerta.

@Lillie_ML