Conforme van transcurriendo los días y las etapas del proceso electoral, se distinguen luces y sombras de dos actores centrales de la contienda.

Para empezar, luces para el Instituto Federal Electoral (IFE) por la preparación, organización y desarrollo de los comicios. Nos ha costado enormes recursos y esfuerzos realizar elecciones confiables, fuera del control gubernamental, y depositar en manos ciudadanas el recuento de los votos. Se dice fácil, pero todavía en el 2006 el candidato perdedor denunció un masivo fraude electoral, primero a la antigüita , es decir, directamente en las urnas, y luego cibernético, en la alteración del cómputo de sufragios.

Las acusaciones carecían de fundamento y no pudieron probarse, pero 30% del electorado sí las creyó y desconfió de la imparcialidad del árbitro electoral. La buena noticia es que en este 2012 nadie se atrevió a cuestionar el desarrollo de la jornada electoral ni la actuación de los funcionarios de casilla o los representantes de partidos. Y aunque el candidato perdedor pretende nuevamente echar abajo los resultados, la ausencia de tales argumentos en la impugnación de la elección es la mejor prueba del éxito de los comicios.

Otra luz para el IFE ha sido la estrategia de comunicación. Ante las críticas por los vacíos generados en el 2006, se optó por facilitar el acceso de todos a la información. La posibilidad de seguir desde el teléfono celular los datos del PREP constituyó un alarde de transparencia y eficiencia sin precedentes.

Finalmente, el IFE ganó en institucionalidad. La tardanza en la designación de los tres consejeros faltantes había generado dudas respecto de su fortaleza y capacidad para enfrentar otra elección cerrada y polarizada. Pero, ante los embates y descalificaciones recibidos desde antes de la elección, el Consejo General del Instituto reaccionó de manera oportuna y colegiada, disipando dudas y transmitiendo confianza.

Sin estridencias, el nuevo IFE acreditó su calidad y solvencia profesional.

El balón está ahora en la cancha del tribunal federal electoral. En su calidad de última instancia en la materia, las expectativas sobre su desempeño son enormes.

Sin embargo, en contraste con las luces del IFE, la actuación del Tribunal ha sido errática. El Magistrado Presidente ha mostrado mayor inclinación al protagonismo personal, en detrimento de la imagen institucional.

Ya veremos si ante las presiones del momento, además de exposición mediática, el TEPJF demuestra solidez jurídica y responsabilidad política.

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