Durante los últimos cuatro años la constante ha sido la revisión de las previsiones económicas para México.

Sea de manera trimestral o mensual, pero los analistas están acostumbrados a tener que quitarle algunas centésimas a sus pronósticos del comportamiento del Producto Interno Bruto (PIB) mexicano.

Habitualmente el último en aceptar la realidad de un crecimiento menor ha sido el propio gobierno federal, a través de su Secretaría de Hacienda. Incluso, ha habido momentos de tensión cuando el Banco de México (Banxico) se ha adelantado a rebajar sus estimaciones, lo que ha presionado a la autoridad fiscal a hacer lo propio.

Este 2017 no es la excepción en esa costumbre de la corrección a la baja en las estimaciones, sólo que este año, a diferencia de los anteriores, la velocidad de rebaja en lo esperado es más acelerada.

Además de que este pesimismo en materia del PIB viene acompañado de la descomposición de otras estimaciones, como el tipo de cambio, la inflación, el déficit de la cuenta corriente y muchos más.

Usualmente, los primeros en modificar los pronósticos son los analistas privados; después, instituciones como el Banxico u organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

Y, al final, con gran reticencia, uno de los últimos en ajustar a la baja sus expectativas es el propio gobierno, que lanza pronósticos con los que planea los presupuestos.

Y este es el tema central. Un mal pronóstico lleva a un presupuesto fallido. Por ejemplo, los cálculos de recaudación están directamente ligados con el dinamismo económico y el gasto público está pensado en función de los ingresos. Así que todo cambia.

Durante muchos años, la sobreestimación del crecimiento trajo una falta de adecuación a la realidad y eso explica en parte el aumento del endeudamiento y los desequilibrios fiscales. Gastaban como si México fuera jauja.

Hoy, que estamos iniciando el tercer mes del año, ha ocurrido algo que debe cambiar las reglas del juego gubernamental en materia de ejecución del gasto.

Hoy el propio titular de la Secretaría de Hacienda ha reconocido abiertamente que la economía no va a crecer conforme a lo que pensaron cuando presentaron el presupuesto aquel 8 de septiembre del 2016.

Si José Antonio Meade acepta que la economía no habrá de crecer nada más allá de 1.75%, implica la necesidad de ajustar el ejercicio del gasto a ese pobre desempeño.

Más allá de encontrar justificaciones o pretextos de por qué estamos ya por debajo de 2%, lo importante es que desde Hacienda se procura estabilidad antes que un maquillaje que acabe por costar más caro.

Los pronósticos vigentes en este inicio de marzo son meramente temporales, porque no están basados en hechos, en expectativas que puedan medirse con asertividad. Es tal la dependencia de las políticas que implemente Estados Unidos y que hoy desconocemos, que hay que mantener la idea de que esa volatilidad también estará presente en las expectativas.

Ante el temperamento y el populismo de Donald Trump, es muy difícil mantener un buen escenario de la relación bilateral, pero tampoco hay que descartar que pueda funcionar la contención al presidente estadounidense y al final se pueda rescatar algo de lo que hoy vemos perdido.

Simplemente no lo sabemos, y se nota en los pronósticos volátiles que hoy están vigentes.

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