La administración del presidente Barack Obama estuvo marcada por una deliberada reducción del papel de Estados Unidos en el mundo: un reequilibrio de pasar de la periferia al núcleo, lo cual es calificado por algunos como un acto de prudencia y por otros, como una decisión que creó vacíos de poder que han sido ocupados por distintas fuerzas, incluida la del Estado Islámico.

En la relación con México, si bien visitó el país cinco veces, que no son pocas, será recordado más por haber sido el primer hijo de un inmigrante en ser elegido presidente, desde Herbert Hoover, que deportó a más de 2.5 millones de mexicanos indocumentados. Es más, entre las comunidades de hispanos lo llaman El jefe de las deportaciones .

Recuerda Gideón Rose, director de la revista Foreign Affairs, editada por el ITAM, que durante generaciones el principal desafío de la política exterior estadounidense ha sido claro: consolidar, proteger y extender el orden liberal mundial que Estados Unidos ayudó a crear después de la Segunda Guerra Mundial.

El especialista expone que la prioridad del mandatario al asumir el poder en el 2009 fue lidiar con la crisis financiera, de la cual pudo salir bien librado con la ayuda de una Reserva Federal creativa y activa.

Desde su perspectiva, los objetivos aparentemente modestos del segundo mandato de Obama -no hacer estupideces y conectar imparables sencillos y dobles descasan sobre el lado del orden y no de los pocos enemigos que le quedan, y que la historia enseña que esta apuesta tiene sentido .

Para llegar a esa conclusión relata algunas decisiones del mandatario como que en Irak el presidente cambió la calma que generó la escalada por una retirada militar ordenada y completa, apostando (equivocadamente , como se vio después) a que los logros recién alcanzados se mantendrían indefinidamente, incluso sin la presencia estadounidense.

En Afganistán, a pesar de todas las angustiadas quejas, el presidente hizo lo mismo -si bien más tarde- e inició una escalada para alcanzar alguna estabilidad antes de retirarse.

Luego, añade, cuando se le presentaron nuevas oportunidades para intervenciones militares importantes, el presidente las rechazó o autorizó sólo lo mínimo necesario para alcanzar objetivos limitados.

De Siria a Ucrania, de Yemen a Irán, el gobierno de Obama se propuso no quedarse atrapado en otro atolladero.

Luego vino el asunto de Ucrania, donde cayó su presidente acusado de haber sido sobornado por Rusia, y este país aprovechó el momento para apoderarse de la península de Crimea. En ese caso la reacción de Washington fue de no pelear ni apaciguar, con el argumento de que Ucrania era un interés fundamental para Rusia y periférico para Occidente.

Respecto de Medio Oriente, dice que los radicales culpan a Obama por permitir que el conflicto continúe; no obstante, el presidente resolvió que los problemas internos de la región ni pueden resolverse fácilmente ni le corresponde a él hacerlo.

SE VA SIN CUMPLIR PROMESAS DE CAMPAÑA

A su vez Bret Stephen, autor del libro American in Retreat: The New Isolationism and the Coming Global Disorder, en una colaboración para la revista Foreing Affairs de abril/junio señala que si bien Obama puede llevarse el crédito por poner al núcleo de Al Qaeda en el camino de la derrota y finalizar la guerra contra el terrorismo, no puede evadir la responsabilidad que le toca por el resurgimiento del yihadismo.

Destaca también las promesas como que el centro de detención de Guantánamo iba a quedar cerrado en un año; que habría borrón y cuenta nueva en las relaciones con Rusia; que estados Unidos recuperaría su buen nombre en lugares como Damasco, El Cairo y Estambul; que la expansión de los asentamientos israelíes terminaría, y se forjaría la paz con los palestinos. Nada de eso ocurre.

Destaca que Obama piensa que la política exterior estadounidense debería reducirse y entrometerse al mínimo en los asuntos internacionales, pero están a la vista las consecuencias y ha llevado a los enemigos de ese país a creer que pueden hacer lo que les plazca y su falta de lealtad con sus amigos de siempre ha suscitado inquietudes respecto al valor de ser aliado de Estados Unidos.

Del legado de Obama, respecto a México, David A. Shirk, profesor de la Universidad de San Diego, dice que ese presidente no dejará la relación peor de como la encontró, pero en esa ecuación el factor ya no es Obama, sino el ahora presidente electo, Donald Trump.