La cita fue en Las flores del mal. Un restaurante rodeado de libros. Antes del fin de milenio. Tere Franco llegó a la Casa Lamm con una propuesta jamás imaginada. ¿Te gustaría ser Delegado del INAH en San Luis Potosí? ¿Y cómo es eso? contesté. A Tere la había conocido en 1986. Un viaje a Hermosillo. Era directora de Estudios Históricos del instituto. Yo trabajaba en el Programa Cultural de las Fronteras, de la Subsecretaría de Cultura. Fuimos a intentar encontrar sede a un foro que hoy se antoja: Las fronteras de la nación. El evento terminó en Saltillo al año siguiente. Después de escuchar lo que me esperaba en la afamada Delegación, simplemente dije no, gracias. Eso suena a viacrucis.

En esos años de cultura fronteriza al lado de Alejandro Ordorica, conocí a muchos delegados del INAH. En el norte y en el sur. De ese entonces a este momento, hay una lista de características que no cambian. Para su labor, la ley de monumentos es así en la tierra como en el cielo. Son representaciones que se desempeñan en condiciones precarias. Por igual se viven las tensiones con personal sindicalizado que con los trabajadores eventuales, más numerosos ahora que antes. El equipo –en todos los sentidos– es insuficiente. Los gobernadores tratan a los directivos como sus empleados; difícil sostenerse sin hilo conductor al ejecutivo estatal, a quien ni se te ocurra contrariar. Menos si los enviados del gober son empresarios que ven el patrimonio como un enemigo del desarrollo. No menos importante, es llevarla en paz con el alto directivo de cultura. Cierto, hay centros menos conflictivos que otros. No es lo mismo encabezar Quintana Roo, que Coahuila. Baja California Sur que Oaxaca.

Como encargado que era de la zona norte del programa fronterizo, también compartí con responsables de las tareas del INBA en los estados. Ayer como hoy advierto que persisten ciertas características en su desempeño. El instituto tiene una importante red de escuelas, museos y centros culturales. Además, bellas artes irradia su influencia a otros ámbitos de las organizaciones culturales. Por su naturaleza, enfrenta conflictos similares al del INAH en el orden financiero, laboral, de correlación con los poderes locales, de vigilancia y conservación del patrimonio que le corresponde.

Estas imágenes sobre la cobertura de los institutos en los estados, vienen a cuento gracias a dos amigos. María Helena González –historiadora del arte– y Samuel Mesinas –gestor cultural–, al hacer recorridos por las comunidades morelenses afectadas por los sismos, así como al valorar los daños ocasionados al patrimonio, me comparten impresiones que amplían la gravedad de lo que se vive en la entidad. María Helena señala que el INAH no puede con el paquete, añade que en la tarea de reedificación la comunidad será clave, y que no son pocos los conflictos sociales a resolver. Samuel indica la urgencia de transparentar los criterios que se emplearán para el rescate y restauración, los cuales deben reconocer lo que es inviable, para mejor dar paso a nuevas infraestructuras.

Si bien el INAH (el INBA que no se ha pronunciado) está pidiendo ayuda a quien guste sumarse (no hay por qué ruborizarse), queda la seguridad de que los institutos pertenecen a un tiempo distinto al que el país vive con y sin desastres naturales. A pesar de su nobleza, están en los renglones torcidos del patrimonio, recodo al que llega en su auxilio Carlos Slim. Falta que colabore el Vaticano y el Episcopado, que no se hagan guajes.

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Eduardo Cruz Vázquez

Periodista

En el paredón

Periodista, gestor cultural y exdiplomático, experto en economía cultural, formación de emprendedores culturales y gestores de diplomacia cultural