El otro día hablaba con un analista sobre cómo la industria de telecomunicaciones en ciertos aspectos ha cambiado muchísimo en las últimas dos décadas y en otros se mantiene completamente igual. Por ejemplo, los principales motivos que los diferentes actores de la industria exhiben para quejarse de las autoridades de gobierno se mantienen igual. Las historias sobre el atraso de las leyes sobre la tecnología, la improvisación y en casos más extremos los alegatos que rayan en la incompetencia parecen ser los mismo.

Hoy como ayer muchas de estas palabras no tienen soporte con la realidad y se dicen para cumplir un rol predeterminado en ese enorme escenario que ofrecen las telecomunicaciones. Por otro lado, las respuestas de funcionarios de gobierno hacia el comportamiento de la industria siguen con la misma armonía regional que aún no se hace presente en tantos temas relevantes del sector, pero sí en las recriminaciones hacia la industria.

Este flojo melodrama usualmente es adornado por porristas que se encargan de identificar entre los tomadores de decisión cuáles declaran argumentos imperdibles y quiénes necesitan un trasplante de materia gris al andar acéfalos por el mundo. Sí, ni siquiera los personajes de la Odisea pueden competir con los seres que se van creando en los debates sobre telecomunicaciones.

Claro que dentro de los porristas tenemos distintas clases, así como todos los Sith son distintos en la guerra de las galaxias, también existen distintas castas en aquellos que viven de presentar una sola cara de la realidad. Por eso, aquellos que trinan con palabras dignas de un diccionario repitiendo una y otra vez los mismos adjetivos los podríamos denominar los porristas guacamayos o cotorras: viven de repetir lo mismo sin importar la realidad.

También entramos en el mundo de las contradicciones en lo que en el mundo de la literatura acusaríamos de ser un oxímoron, pues tenemos al porrista negativo. Es la Casandra de las telecomunicaciones, simplemente de vez en cuando elige a una empresa que compite contra alguna que genere algún sentimiento amoroso para comenzar a delinear lentamente lo mal que va ejecutando su modelo de negocio, las enormes deudas que acarrea y las malas decisiones que ha tomado. Toda una tragedia griega resumida de forma magistral en unos pocos párrafos.

Luego tenemos a los que se hacen los facilones, aquellos que juegan con la mente del mercado al no querer definir de forma inmediata su posición. Son los porristas más promiscuos de todos al desparramar su amor y odio por doquier a cambio de puras promesas de cariño, aunque luego anden despechados contra el amor que nunca fue.

Es importante distinguir a los porristas facilones de los porristas promiscuos. Estos últimos son expertos en adular a su objetivo para luego tratar de imponer los argumentos de su agenda. La promiscuidad surge cuando se observa que dependiendo del mercado donde tratan de encantar al regulador su argumento cambia drásticamente. Todo vale para poder pescar un nuevo enamorado, parece ser la filosofía de esta especie. Finalmente, están los porristas Homero Simpson, porque se la pasan presentando argumentos que no sobreviven ni la más superficial de las revisiones. Luego cuando se les informa de los fallos de su argumento responden con un simple: ¡duh! Aunque también con la esperanza de que la corta memoria del sector los exonere nuevamente de su última metida de pata.

Como se ha visto, aun en sus momentos más parcos y de pocas novedades, la industria de telecomunicaciones nos sigue divirtiendo a través de los distintos personajes que se emplean para impulsar las relaciones públicas de alguna que otra empresa.

*José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC.

José F. Otero

TIC y Desarrollo

José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC. Esta columna es a título personal.