El gobierno de Estados Unidos continúa con su proceso de endeudamiento y es durante febrero que se vuelve a alcanzar el techo máximo de la deuda.

Los mercados celebran que estamos ya en el 2013 y no pasó nada con aquel precipicio fiscal tan temido.

Vladimir Franz no será presidente de la República Checa; al menos, no por ahora. Y es que este candidato quedó en tercer lugar en la primera vuelta electoral en ese país.

¡Bueno, y eso qué! Es que vale la pena que, si usted no conoce a este personaje, sepa que un candidato presidencial de una nación europea tan importante como la República Checa es un hombre dedicado a la ópera, la pintura y las artes, que de política sabe muy poco y de economía, mucho menos.

Pero este hombre logró popularidad por dos cosas: por estar totalmente tatuado, incluida la totalidad de su cara, y porque los europeos están hastiados de los políticos.

Ésta es la semilla del descubrimiento de nuevos líderes, sin duda. Pero la historia nos muestra que no todos los dirigentes que emergen de una crisis de credibilidad política son figuras que se destacan por su conducción positiva.

En Estados Unidos, ya tuvieron en algún momento a Ross Perot, un millonario texano que no tenía cosa mejor que hacer que gastar millones de dólares en una campaña presidencial que sí puso a sudar a demócratas y republicanos hace un par de décadas.

Pero tal parece que este tipo de experiencias alternativas ya las han olvidado en ese país, porque otra vez están en ese punto en que no dan los resultados esperados.

Ahí está la solución al precipicio fiscal. Un parche de última hora, el último día del año, en el último minuto, que no hizo sino ganar un poco de tiempo.

Muy agradable noticia para los mercados, sin duda. Una solución que no implicó la entrada en vigor del paquete draconiano de ajuste, que sí aumentaba impuestos en ciertos sectores y que daba más de ese precioso tiempo que los mercados tanto necesitan para mantener la borrachera de los buenos resultados.

Pero la solución está muy lejos de ser la definitiva. El gobierno de Estados Unidos continúa con su proceso de endeudamiento y es durante febrero que se vuelve a alcanzar el techo máximo de la deuda.

Y, otra vez, hay que discutir qué hacer con el tema. Y una vez más, lejos de buscar salidas congruentes, de largo alcance, empiezan a surgir las ideas absurdas.

Ahora, algunos demócratas se les ocurrió que por qué no sacan de las bóvedas secretas del gobierno el suficiente platino como para acuñar una moneda de 1 millón de millones de dólares de este metal precioso.

Así, dicen los creativos políticos de Washington, no hay que aumentar la deuda porque los inversionistas se pelearían por invertir en este metal más caro que el oro.

Y no sé si se estén imaginando realmente una moneda del tamaño del calendario azteca, solo que ésta tenga el escudo de Estados Unidos y al reverso la leyenda In God We Trust .

De inmediato, la Reserva Federal, el nuevo secretario del Tesoro, Jack Lew, y la Casa Blanca se pararon de pestañas y negaron inmediatamente la posibilidad de aplicar esta teoría económica.

Quieren hacerles entender a estos políticos que su obligación es ponerse de acuerdo y que no es buena idea vender los ladrillos de la casa para pagar la hipoteca.

Y si bien es esta clase de personajes la que inspira que los tatuados expertos en ópera entusiasmen a los empalagados electores, es un hecho que los problemas financieros de Estados Unidos están lejos de la solución final.

Y es que todo está como al principio. Es un déjà vu de las discusiones iniciales de la corrección fiscal de hace muchos meses. Cuando los republicanos pedían recortes al gasto para aumentar inicialmente el techo de endeudamiento y los demócratas respondían que primero se aumentaran los impuestos a los ricos.

Otra vez, Estados Unidos tiene en la mira una fecha en la que podría dejar de pagar lo que debe. Un día que la economía más importante del mundo podría incumplir sus pagos y, con eso, provocar un caos mundial.

Pero mientras esos días llegan, los mercados celebran que estamos ya en el 2013 y no pasó nada con aquel precipicio fiscal tan temido. Ya llegará febrero y sus amenazas pero, por lo pronto, que siga la fiesta.

ecampos@eleconomista.com.mx