Bien harían los diputados que ahora bloquean la reforma laboral en entender el origen del 15M de España.

Como los diputados priístas recibieron la orden de pensar primero en el 3J (o sea en el 3 de julio, día de elecciones en el Estado de México), no miden las consecuencias de frenar los cambios que benefician a la gente.

En términos financieros y macroeconómicos la situación de México es mejor que la de España. El margen de maniobra fiscal es superior y no enfrenta el escrutinio tan estricto de los mercados.

En materia de empleo formal, México tiene la salida fácil del subempleo como paliativo para una fuerza laboral poco preparada. El país ibérico enfrenta tasas de desempleo formal superiores a 20% y de hasta 45%, cuando se trata de medir la ocupación de los más jóvenes.

En México la apatía política histórica ha provocado gente mal educada, mal pagada, gente pobre. En España el despegue vigoroso de los últimos años se ha topado con la realidad de una baja productividad regional.

México está en la resignación de vivir varios pasos atrás de Estados Unidos, mientras que España enfrenta la desesperación de no poder alcanzar a Alemania.

El país europeo se preocupó por salir de la mediocridad y el retraso que le dejo la dictadura y ahora paga las consecuencias de no poder mantener el ritmo elegido. Y nuestro país acumula más de esa mediocridad y retraso que aumentan una factura social importante.

Pasaron las elecciones en España, habrá que ver en la confirmación de los resultados si ahí lograron el objetivo electoral planteado, pero es un hecho que el 15M o esta revolución de los indignados, logra sobrevivir para influir.

Ha habido una gran virtud hasta ahora en este movimiento y en la respuesta de las autoridades. Y ésta es que se ha mantenido la paz como el valor principal de la protesta. Ni los organizadores han azuzado a la violencia ni la policía ha optado por la aplicación estricta de los reglamentos.

Es una pérdida importante para el Estado español que se tolere la violación de sus reglas, pero es mayor la pérdida que enfrentan los ciudadanos de esa nación con una crisis económica que parece interminable.

Si se mantiene la sensibilidad en las dos partes el resultado puede ser positivo dentro de los límites posibles.

Por ejemplo, en la parte política se pueden diseñar esquemas de una participación mayor de los ciudadanos en la toma de decisiones. El confort bipartidista de España puede quedar al descubierto porque la gente es capaz de entender esta situación. En México, el juego de izquierdas, centros y derechas.

El absurdo peloteo de colores partidistas es caricaturizado por los mismos actores políticos mexicanos en una competencia de lucha libre donde más que política, hay teatro de tragicomedia.

Pero en la parte económica será difícil que se le pueda dar la vuelta por ahora a la situación del país. Porque justamente con la amenaza de los mercados pendiendo sobre la cabeza española, lo que inevitablemente sigue para esa nación es un severo plan de austeridad.

Hay quien montado en el movimiento quiere poner a discusión pública la monarquía española, algo que difícilmente podrá ocurrir tras una manifestación.

Los parados y los mileuristas (o sea los desempleados y los que tienen un salario mínimo de 1,000 euros al mes) no podrán ver grandes mejoras en el corto plazo, pero pueden encontrar esperanzas en obtener mejoras en áreas concretas, como la capacitación para el trabajo.

Podrán conseguir que su Parlamento se ponga a trabajar ante la llamada de atención que ahora han recibido por parte de sus gobernados.

Claro que en México hay muchos indignados. Pero ni se logra conformar un movimiento y en muchos casos los ciudadanos no saben muy bien con quién molestarse.

La indignación nacional se manipula con fines electorales y entonces los líderes sindicales sacan a las calles a los trabajadores cuando buscan algún beneficio para su causa personal.

Los partidos políticos acarrean a las masas a que se indignen en contra de las acciones de sus adversarios.

La indignación y el hartazgo se llena de lugares comunes y villanos favoritos que acaban por servir intereses muy individuales y anulan un reclamo social bien dirigido.