A más de ocho años del inicio de la crisis financiera global, la actividad económica a nivel mundial continúa dando señales de debilidad e inconsistencia. Esto se debe a que la naturaleza de la crisis del 2008-2009, cuyos efectos aún estamos viviendo, es muy diferente a la de la mayoría de las recesiones vividas en los últimos 90 años.

Una recesión común y corriente, de características cíclicas, suele ser provocada por tres razones: i) un ajuste de inventarios a causa de una sobreproducción; ii) una caída en la demanda agregada por un choque externo, y/o iii) un error de política fiscal o monetaria.

Las recesiones cíclicas suelen ser cortas y poco profundas, siempre y cuando las autoridades respondan con medidas adecuadas de política económica. Sin embargo, la Gran Recesión que comenzó en el 2008 no fue una común y corriente, ya que en su epicentro se ubicaban enormes e insostenibles niveles de apalancamiento en el sector financiero y en los hogares de la mayoría de las economías desarrolladas.

Las recetas tradicionales de política monetaria y fiscal no fueron suficientes para combatir este tipo de recesión y fue necesario implementar medidas heterodoxas y extraordinarias de política monetaria.

La política monetaria se ha enfocado en fomentar las condiciones necesarias para que la economía comenzara a recuperarse gradualmente y evitar un espiral deflacionario y una reedición de la Gran Depresión. Dentro de dichas medidas, la más influyente ha sido sin duda la expansión cuantitativa, es decir la impresión masiva de dinero por parte de los principales bancos centrales del mundo para comprar instrumentos de deuda soberana y deuda hipotecaria.

Aunque los bancos centrales siempre estuvieron conscientes de que las inyecciones de liquidez difícilmente tendrían un impacto inmediato en la formación de los precios de los bienes de consumo y los servicios, sabían que estas medidas tendrían un impacto significativo e inmediato en el precio de los activos financieros. Esta estrategia logró que los mercados financieros tuvieran una recuperación vertiginosa, contribuyendo a un gran efecto riqueza que se tradujo en una reparación más rápida del balance patrimonial de los consumidores.

Esta situación contribuyó marcadamente a la recuperación de la confianza de los consumidores hasta que comenzaron a demandar más bienes y servicios, reactivando a su vez la confianza del sector empresarial que comenzó a producir más y a contratar más gente. Sin embargo, los estímulos cuantitativos y las políticas de tasas de interés en cero también han generado una serie de distorsiones en los mercados financieros.

Los movimientos de los mercados financieros a nivel internacional parecen cada vez más desligados de las condiciones reales de la economía y más correlacionados a las decisiones de política monetaria o inclusive el tono de las declaraciones de los principales arquitectos de la política monetaria a nivel global.

La decisión de la Reserva Federal, de comenzar a subir las tasas de interés en diciembre, ha detonado un fuerte ajuste en los mercados, un fortalecimiento del dólar y una fuerte fuga de capitales de los mercados emergentes.

Lo anterior se ha combinado con el fenómeno de la desaceleración china, que no es nuevo, pero que ha generado más incertidumbre a los mercados al provocar una caída masiva en el precio de las materias primas y el miedo de que China decida depreciar su moneda para ayudar a su economía.

Aunque los bancos centrales parecen estar listos para seguir aventando dinero para calmar a los mercados y evitar un choque en la actividad económica, la realidad es que los estímulos cuantitativos adicionales están teniendo rendimientos cada vez menores en términos de crecimiento económico, lo cual es muy peligroso en un mundo donde los mercados se han vuelto adictos a las condiciones creadas por los bancos centrales.