Estar en pareja es una decisión, y no sólo de compromiso y responsabilidad, sino también es una decisión que afectará a largo plazo nuestra salud, tal como lo estableció un estudio recientemente publicado en el JAMA (The Journal of the American Medical Association).

En este estudio se establece que las conductas hacia la salud, las conductas de riesgo y los factores de riesgo para enfermedades cardiovasculares son compartidos en pareja. Es decir, que si una persona presenta riesgo de enfermedad cardiovascular, es muy probable que la pareja con la que cohabita, también comparta esos riesgos. La buena noticia es que esta probabilidad funciona también en positivo: si uno de los miembros de la pareja presenta conductas que favorecen el cuidado de la salud, es muy probable que de una u otra manera, su compañera (o), también adopte alguno de estos hábitos de manera casi implícita.

Aunque este es un hallazgo médico, desde la sociología y la antropología se sabe desde hace mucho, que la cohabitación, sobre todo si se trata de una pareja involucrada sentimentalmente, comporta una serie de cambios y adaptaciones. En algunos casos pueden resultar en verdaderas crisis por el choque de hábitos diferentes, pero en otros, los hábitos se van “mimetizando” como una adaptación para tener una mejor convivencia, o simplemente, porque la vida en pareja constituye en muchas ocasiones, uno de los tipos de vínculos sociales más poderosos, pero también más difíciles de mantener.

La cohabitación representa un rito de paso en el que las costumbres de alimentación, higiene, descanso, esparcimiento, y hasta de silencios, se readaptan en función de cómo se llevan las dinámicas de cohabitación. Uno de los hábitos en los que se encuentran las mayores divergencias, pero también las mejores adaptabilidades, es en el tema de alimentación, sobre todo cuando alguno de los miembros de la pareja está involucrado en intentar mantener un estilo de vida saludable. Se sabe por algunos estudios, una persona se pueda rehusar a aceptar estas modificaciones, a largo plazo si estos hábitos son propios de su pareja, terminarán afectándole de manera positiva. Cuando un miembro de la pareja acostumbra a realizar actividad física, es muy probable que en algún punto, la otra persona también la realice.

Se sabe también que cuando una persona padece alguna enfermedad que necesita cambios en el estilo de vida, la adherencia al tratamiento depende en gran medida del entorno familiar y del apoyo que se le dé a la persona para seguir determinados lineamientos en el cuidado de su salud. Esto no quiere decir sin embargo, que el otro sea el principal culpable o responsable del estado de salud de su pareja o cónyuge. Simplemente significa que esta persona representa una influencia en la construcción de hábitos cotidianos en función de lo que se comparte dentro de casa.

Todos estos hallazgos comprueban una vez más, que la alimentación es un hecho social total y que las enfermedades además de todos sus componentes fisiopatológicos, tienen también componentes sociales muy importantes que son imposibles de dejar de lado. Además, en el caso específico del estudio antes mencionado, esto sin duda representa un hallazgo significativo en la manera en la que los abordajes de pacientes con enfermedades cardiovasculares deben llevarse a cabo, sobre todo involucrando también a las personas que cohabitan con el paciente.

@lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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