No, los mexicanos no estamos solos en la lista de los blancos de ataque del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Sume a los musulmanes y a aquellos siete países de los que pretende frenar la entrada a su país. Incluya a los medios de comunicación estadounidenses que no le son afines, no deje de poner en la lista a los propios servicios de inteligencia que revelan las tropelías del equipo presidencial.

Y por favor, no pierda de vista que entre los afectados por las estridencias de Trump está la Reserva Federal (Fed) y sus integrantes.

No es poca cosa y nada ayuda a mantener la credibilidad, que es uno de los principales valores de cualquier banco central, que un personaje como Trump acuse a la Fed de haber mantenido las tasas de interés bajas con fines electorales.

El ahora presidente de Estados Unidos amenazó en campaña con auditar a la Fed durante los primeros 100 días de su gobierno porque a su parecer la mafia de Washington se había apoderado de esta institución que se había sumado al complot en su contra.

Es un hecho que nunca antes en la historia reciente el banco central estadounidense había estado bajo la amenaza de ser intervenido por el gobierno federal, independientemente de que hayan tenido antes visiones diferentes sobre el manejo y desempeño de la economía.

Bien, pues con ese escenario de telón de fondo la presidenta de la Fed sale a hacer su trabajo, uno que no parece una labor proselitista según denunció el republicano.

Un punto de confrontación es la política que pretende implementar la Casa Blanca para suavizar las regulaciones al sistema financiero. La Fed, que sí sabe del sector financiero todo lo que ignoran desde el Salón Oval, defiende la pertinencia de ciertas reglas para controlar los abusos del pasado de muchos bancos. Y de paso le recuerda al señor presidente que el banco central es autónomo.

Otro foco amarillo, con altas posibilidades de encenderse en rojo, es la política fiscal que pretende implementar Donald Trump. Como lección de primer año de cualquier curso de economía, la Fed le pide prudencia al gobierno federal para no gastar más de lo que ingresan por la vía tributaria.

El plan es bajar impuestos a las empresas y subir el gasto público en infraestructura, en un país que está en los límites legales del endeudamiento y que no ha logrado corregir del todo sus desequilibrios fiscales. El resultado sería llevar la economía hacia una recesión y posiblemente acompañada por inflación, por el efecto de soltar dinero para el gasto.

La Fed y sus integrantes enfrentan la presión de una inflación creciente, de planes gubernamentales del peor corte populista y, como añadidura, la presión de un presidente que pretende aniquilar a todo aquel que se ubique en contra de sus ideas.

Por lo pronto, todo parece indicar que durante la siguiente reunión del Comité de Mercado Abierto de la Fed vendría otro aumento en la tasa de referencia. Y no hay que descartar que la reacción airada de la Casa Blanca sea que los banqueros centrales lo hacen con toda la intención de desacelerar la recuperación económica que ellos tan maravillosamente están logrando.