Cuando se es dueño de la verdad, se asume una posición de superioridad moral sobre los demás. La intolerancia con los que piensan distinto se convierte en norma de conducta y con ella viene la descalificación de todos los que no son como yo.

La pérdida del sentido de la realidad a la que lleva el saberse dueño de la verdad, el elegido del pueblo, conduce al desequilibrio emocional. El que los dueños de la verdad ofrezcan una galería de personajes siniestros y grotescos no es un accidente. Es consecuencia, pero también origen.

El discurso de los políticos -no importa su signo- que se abrogan la posesión de la verdad pontifica sin ofrecer información o razones -no hay necesidad, porque ellos gozan del privilegio de la ciencia infusa que los demás deben asumir.

Ese discurso reclama, la más de las veces, el pasado como fuente de sustento y legitimidad. Ellos son los verdaderos herederos de esos mártires o próceres que descontextualizan y reinterpretan para apuntalar su proyecto e intereses en el presente.

El país -hoy más que nunca- está urgido de una discusión abierta, producto de un pensamiento sólido y crítico. Se requiere para contribuir a dar rumbo a la construcción de lo que puede y debe ser un nuevo régimen político.

Se requiere para el diseño de una sociedad incluyente y para el trazo de una sociedad más democrática y tolerante. Se requiere para inyectar aire fresco, ideas nuevas, cargadas de futuro, a la sociedad mexicana. Este pensamiento no está presente en el debate político de hoy.

Los discursos mesiánicos e ideológicos de los dirigentes políticos, de cualquier signo, pueden impactar a sectores de la población, pero ya no a la mayoría. La sociedad mexicana es cada vez más consciente y crítica.

La eficacia de los discursos falsos -los hay muchos- que se articulan en el afán de engañar o manipular es cada vez menor. El impacto de ese tipo de construcción retórica ha dejado de funcionar. Es sólo para los fieles.

Los predicadores que pronuncian discursos ideológicos y mentirosos los hacen sólo para ellos y los suyos, pero nada más. Los únicos que los creen y asumen, después de tanto repetirlos, terminan siendo ellos.

Al final del año, estaremos ya inmersos en el discurso de quienes compiten por la candidatura a la Presidencia en las elecciones de sus partidos.

Los candidatos, si quieren comunicarse con sectores ubicados más allá de sus capillas, deberán abandonar los estilos del pasado.

En México han cambiado muchas cosas, pero la articulación del discurso político sigue correspondiendo a otra época.

El país al que se comunica una buena parte de los políticos ya no existe. Sólo permanece en la mente de algunos de ellos. Los más atrasados todavía son muchos.