Muchas veces he oído que los políticos son todos unos corruptos. En cenas con amigos, en esas mesas absurdas de las bodas donde se sienta uno con quien sabe quién, y tiene que hacerse una conversación babosa y forzada para verse bien educado, o en el estilista, o en un Uber, en fin, casi en cualquier lugar, a los mexicanos les gusta mucho decir eso. A mi siempre me ha intrigado el tema porque al mismo tiempo que proclaman la corrupción de la clase gobernante de cualquier sexenio (terrible y cierta en muchos casos), les parece muy normal hacer “negocios” con esos asquerosos rateros, corren a visitar a su contador para ver como pagan menos impuestos y, en muchos casos, sobornan al funcionario que se les ponga enfrente para agilitar un tramite.

Así es la cosa. La corrupción siempre es cosa del otro, de uno ¡nunca! de uno… no. Según esto, esos políticos ratas hacen “negocios” con unas buenas y honestas personas que son incapaces de tales bajezas. Fuera de los políticos, las demás personas son honestas y solo caen en corruptelas por los malvados gobernantes que los envuelven con sus lenguas viperinas. A cualquier nivel, el asunto es igual.  Debo decir que me ha tocado sufrir en carne propia, en alguna oficina en la que he trabajado, el robo hormiga de rollos completos del papel de baño, de las tazas para el café, de los kilos de azúcar o casi de cualquier cosa que dejas despreocupadamente sobre tu escritorio. Parece que este problema de las raterías es tantito más complejo de lo que parece.

La psicología puede darnos alguna pista sobre los más profundos y verdaderos porqués de esta muy generalizada conducta. Por mucho que nos moleste pareciera que la corrupción es parte medular de la condición humana. Y que no solo se da aquí y ahora, sino desde siempre y en todo el mundo. No ha existido ninguna sociedad a lo largo de la historia libre de este problema. Dictaduras, democracias, monarquías (ahorita mismo la española, por ejemplo) y cuanto sistema político ha existido han experimentado este terrible cáncer social; en todos los países, en todos los tiempos y, prácticamente, en todas las culturas. ¿Entonces, es algo inevitable?, ¿estamos condenados a convivir con ella?, ¿las conductas corruptas son inherentes al ser humano? Pues no quiero ser pesimista, pero parece que sí, a menos que… vayamos mucho más allá de las declaraciones pomposas y huecas y se tomen medidas y se diseñen controles, cosa que por ahora en México no está sucediendo.

El egoísmo, la codicia y la avaricia son componentes importantes en la personalidad de todo ser humano, pero especialmente de algunos que pasan por encima de los demás, sin el menor sentimiento de culpa. En ocasiones he llegado a pensar, cuando me da el ataque de realismo total, que los humanos somos unos sociópatas y que todos somos capaces de todo siempre y cuando nos lleguen al precio. O sea que, aunque nos acusen con nuestras lindas y dulces madrecitas o con nuestros tiernos abuelos, prevalecerá siempre el mal. ¿Será?

La verdad es que el bienestar personal se antepone generalmente al bienestar social ya que nuestra sociedad está fundamentalmente interesada en las cosas y no en las personas; esa es la premisa fundamental de las sociedades de nuestro tiempo. Esto es, la conducta corrupta siempre conlleva obtener un beneficio personal a costa de lo que sea, desde luego, de los otros, y se justifican todas las acciones para lograrlo.

Se es corrupto para tener más, pero no dejemos de lado esta variable: para tener más que los otros y marcar así una superioridad. El concepto que tenemos de nosotros mismos se forma mayormente de la comparación permanente con los que nos rodean. Si yo tengo menos que mi vecino o par, gesto un sentimiento de inferioridad, si por el contrario muestro los símbolos del éxito, soy y me siento superior a cualquiera, no importa el riesgo que corra para lograrlo.

Lo más grave es que los corruptos no solo lo son por robar, también lo son los que mienten para lograr una posición de poder a costa de los demás. Los hay elocuentes y con tal capacidad de manipulación que esconden sus corruptelas con discursos y realidades alternas que tienen como objetivo final encumbrarse, empoderarse, como se dice ahora, sin importar los cadáveres que van dejando a su paso.

No sé si el señor Lozoya es corrupto o no. Lo que sí sé es que esconder y administrar la verdad a conveniencia propia y utilizar a otros para alimentar un narcisismo voraz es una de las más peligrosas corrupciones del mundo. Y ya está.

Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.