A la confianza le pega todo, desde el mal sabor de boca que deja el dólar tan caro hasta las noticias sobre criminalidad.

Póngale a un analista internacional las cifras de las ventas de autos, los resultados de las tiendas de autoservicio y departamentales, muéstrele el comportamiento bursátil de las acciones del sector comercio de México, y después enséñele las gráficas de la confianza de los consumidores. Seguramente le dirá sin chistar que se trata de dos mercados, dos economías, dos países diferentes.

Si lo muestra a un psiquiatra, podría diagnosticar un serio caso de esquizofrenia o bipolaridad.

Y es que los datos que en esta parte final del año arroja el mercado interno mexicano muestran a consumidores que están comprando bienes durables, pero al mismo tiempo no creen del todo en su propia economía ni en la del país.

Algunos datos recientes del motor interno nacional: hasta el mes pasado se han vendido en el año más de 1 millón de vehículos nuevos en el mercado mexicano, lo que implica un aumento de casi 20% con respecto al mismo lapso del 2014.

La mayor cadena minorista, Walmart, reporta un aumento en las ventas durante los primeros 10 meses del año de 10% en su comparación contra el año anterior.

Como origen de este poder de compra, dos datos: la inflación anual está en niveles de 2.5%, cuando las revisiones salariales vigentes para este año rondaron 4 por ciento. Eso es mayor poder de compra.

El segundo, las remesas aumentaron hasta septiembre casi 5% con respecto al año previo, además de que esos dólares se cambian a razón de 17 pesos por cada billete verde. Eso es mayor poder de compra.

Pero al mismo tiempo, la confianza de los consumidores en octubre y en su comparación contra el año pasado está en cero.

La encuesta que elaboran de manera conjunta el Banco de México y el Inegi reflejó en su más reciente entrega una ligera mejora durante el décimo mes del año con respecto a septiembre. Sin embargo, las radiografías de lo que se consume con lo que se percibe son dos planetas diferentes.

Las peores calificaciones se las lleva el país, tanto en su situación actual como dentro de un año. Ambas mediciones en términos anuales están en el terreno negativo.

Pero esos mismos pesimistas se muestran 6.8% más confiados en que pueden comprar bienes duraderos en este momento.

A la confianza le pega todo, desde el mal sabor de boca que deja el dólar tan caro, las noticias sobre criminalidad, los casos emblemáticos de corrupción y violencia, la mala calificación de los gobernantes, etcétera.

Afortunadamente, las referencias negativas no parten de aspectos netamente económicos, como el desempleo, la inflación o hasta el costo del dinero.

Evidentemente que la desaceleración de las actividades manufactureras afectan a millones de personas. La baja en la producción petrolera tiene en el suelo el gasto público. El sector agropecuario tiene los claroscuros propios de un país que se rige más por el temporal que por el riego.

Es así como están las cosas. Los consumidores están enojados y desconfiados, pero se curan sus malestares en los centros comerciales.