Es muy probable que el interés por la elección presidencial nuble el interés por la elección a jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Mientras la primera está llena de interrogantes, la de la Ciudad de México ofrece menos incógnitas, pero no por eso deja de ser importante. El objetivo del presente artículo es explorar las ventajas o posibles inconvenientes desde las necesidades de la Ciudad de México, sin hacer consideraciones de otra índole, como las de tipo ideológico.

La Ciudad de México ha sido gobernada por la izquierda desde 1997. Su elección coincide con la federal y dura seis años, al igual que el titular del Ejecutivo federal. Desde 1997 no había existido cambio de partido, por lo que hubo cierta orientación práctica y axiológica: Cárdenas, Rosario Robles, Andrés Manuel López Obrador y Alejandro Encinas, Marcelo Ebrard y Mancera. En esta ocasión, hay cierta variación, pues existen dos candidatas de izquierda, Alejandra Barrales y Claudia Sheinbaum, la primera por la coalición PAN-PRD y la segunda de parte de Morena, el movimiento de Andrés Manuel López Obrador y el candidato del PRI, Mikel Arriola.

Al margen de ciertos temas, como la interrupción del embarazo (al cual no entraremos en esta ocasión), la Ciudad de México tiene muchos problemas, que requieren de cierto perfil de alcalde. El primero es el fuerte incremento de la inseguridad, que ha aumentado sustancialmente con el último jefe de Gobierno; el ambiental, que se ha mostrado sin muchos cambios; el del tráfico, que lleva cada vez a peores congestionamientos; el urbanístico (los capitalinos no hemos disfrutado de hecho de una ciudad bella, con un mínimo de calidad de vida, como lo exige el derecho a la ciudad consagrados en la nueva Constitución y en el documento que firmó el titular del Ejecutivo capitalino, hace algunos años, por lo que obliga al orden jurídico; y el problema económico: la Ciudad de México tiene 27% de su población en situación de pobreza y podemos, simplificando un poco, decir que tenemos dos Ciudades de México: la competitiva, con un fuerte acento en las grandes empresas e instituciones, con mejores sueldos, capital humano más capacitado; y la Ciudad de México sumida en la pobreza, en su mayoría inmersas en la informalidad, con empleos de baja productividad, limitada educación y viviendo en una auténtica economía de subsistencia, como bien ha retratado Gabriel Zaid en Empresarios oprimidos.

Como se puede ver, el perfil que se le exige al nuevo alcalde es de tecnócrata social: que esté actualizada en cuestiones cuantitativas, de medio ambiente, relacionadas con la educación y con un fuerte compromiso social; la naturaleza de los problemas de la ciudad lo exigen.

¿Quién de los actuales candidatos reúne ese perfil? Sin duda alguna Claudia Sheinbaum, con un doctorado en ciencias positivas, tradición académica (es académica de la UNAM) y experiencia de gobierno (fue delegada por Tlalpan y secretaria del Medio Ambiente en el Distrito Federal). Alejandra Barrales tiene un perfil más político y es quizá un tanto más aguada, por provenir de un frente entre la izquierda y la derecha (lo que es mezclar el agua con el aceite), espantosa idea del candidato del PAN a la Presidencia de la República y del PRD, que se niega a perder los espacios electorales que está ganando Morena. Mikel Arriola tiene un perfil tecnocrático, pero no tiene experiencia de gobierno en puestos políticos ni una fuerte trayectoria académica como Claudia Sheinbaum.

Veremos qué sucede en la elección capitalina, cuyas campañas están por empezar el 1 de abril. No olvidemos que están en juego problemas de igual o peor magnitud que en el ámbito nacional, por lo que requerirá habilidades especiales para resolver problemas de alta complejidad, por lo que pensamos que la candidata de Morena tiene más que ofrecer que los otros postulantes a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.

*Máster y doctor en Derecho de la Competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de Competencia, Protección de Datos y Consumidores del despacho Jalife& Caballero.