Hace ya muchos años hice un descubrimiento, que entonces fue toda una revelación (para mí porque sin duda no era, en modo alguno, una novedad).

Poco después de que se destara la fiebre del disco Buena Vista Social Club llegaron a la redacción dos discos del magnífico grupo cubano Sierra Maestra. Tocaban muy bien, con estupendos arreglos, sin embargo no tenían la magia del Buena Vista. Tras mucho comparar y cavilar encontré la respuesta.

No se trataba de la presencia de Ry Cooder ni de su hijo, ya sus respectivas guitarra y percusiones casi no se oían; tampoco era que los del Buena Vista fueran los mejores músicos cubanos, de los que hay tantos que no hay forma de escoger; ni era por las canciones, clásicos que llevaban años, casi tantos como los músicos, escuchándose. No.

La respuesta estaba en la grabación. Es decir, en la ingeniería de sonido que en realidad, como otras ingenierías, tiene más de arte, artesanía o diseño, que de ciencia y tecnología.

La ingeniería de sonido del Buena Vista, más rockera y jazzera que sonera, logró que lo rítmico se volviera hipnótico y que lo armónico se tornara envolvente y anímico, y así las canciones y los músicos adquirían una nueva dimensión.

Desde entonces, para mí, la ingeniería de sonido se convirtió en algo muy importante.

Así que el viernes pasado no pude evitar odiar con toda mi alma al ingeniero de sonido que estuvo a cargo de la presentación del grupo veracruzano Los Cojolites en el Auditorio BlackBerry como abridores de Grizzly Bear.

Cierto es que las siete u ocho canciones que cantaron el conjunto jarocho nominado al Grammy (el primero en su género) no fueron, como se suele decir, de mal en peor . Al contrario fueron, poco a poco mejorando.

Con lo cual solo fueron de peor a nomás mal.

En la primera canción veíamos a ocho músicos en escena y escuchábamos solo tres elementos (la voz, la jarana solista, que hace figuras melódicas, y la jarana segunda, que lleva los bajos). Para colmo, los que faltaban eran los jaraneros que rasguean, es decir, los encargados de dar la armonía y el ritmo (lo cual sería en grave en sí, pero lo es más porque Los Cojolites son reconocidos, entre otras cosas, por hacer innovaciones armónicas en el son jarocho). Para cuando llegaron a la última canción, al menos intuíamos lo que hacían esos jaraneros y la mitad de lo que hacía uno de los dos percusionistas.

La gente escuchó y aplaudió y algunos hasta bailaron. La mayor parte del público, estoy seguro, alcanzó a percibir que estaba ante unos musicazos. Pero no hubo magia, nadie se pudo sentir envuelto o transportado por la música porque ésta casi no se oyó.

Nadie pudo entender la letra de El fandanguito ni, por tanto, identificarse con esta estrofa:

Señores ¿qué son es este?

Señores, El fandanguito .

La primera vez que lo oigo:

Válgame Dios, qué bonito.

Siempre he dicho que la música en vivo es mejor que la grabada como si fuera una regla. Ahora, después de iernes y oyendo "El fandanguito" en el magnífico disco Sembrando flores, que tiene una ingeniería de sonido cumplidora sin ser espectacular, estoy dispuesto a admitir que hay excepciones.

La foto, por cierto, es de Mario Hernández, quien viene siguiendo a Los Cojolites desde Jáltipan.