Son tan obvias las razones por las que los europeos apoyaron a Christine Lagarde para que se quedara al frente del Fondo Monetario Internacional (FMI) que deberían ser suficientes para tipificar un conflicto de intereses. Incluso el diplomático voto estadounidense, mesurado en sus declaraciones y decisivo justo al final de la contienda, tiene su trasfondo sesgado hacia la francesa.

Pero la manera en que los países de ese bloque -de sigla chocante denominada BRIC -le dieron la espalda a Agustín Carstens debe llevar a la reflexión sobre cuál es la relación entre los llamados países emergentes.

Apenas unas horas después de que el FMI eligió a la señora Lagarde como su Directora, el Parlamento griego dio su respaldo por una ligera mayoría al paquete de austeridad que implica más impuestos, menos gastos y privatizaciones a cambio de recibir un tramo adicional de la nueva deuda que contraen con la Unión Europea y el FMI.

Las reacciones más eufóricas se dieron en los mercados bursátiles de países como Francia, Inglaterra o Alemania. Más allá de festejar la fortuna de un vecino y compañero monetario, festejaban que su acreditado estaba consiguiendo más dinero para pagarles.

Pues sí. Resulta que la abultada deuda griega de 146,401 millones de euros es cargada básicamente por los europeos.

Francia, país natal de madame Lagarde, tiene entre sus cuentas por cobrar a los helénicos de 46,133 millones de euros, esto es 31% de la deuda total de ese país.

Los alemanes cargan con 19% del total de la deuda del país mediterráneo, Reino Unido con 9%, y hasta italianos y españoles tienen que pedir en la ventanilla de pagos de Atenas más de 3% de la deuda con problemas de sus vecinos continentales.

Entonces, ahí está el peine del voto europeo. Pero, ¿qué hay de los discretos estadounidenses que votaron justo al final de la contienda?

Pues nada, los señores de las barras y las estrellas tienen comprometidos préstamos en Grecia por nada más 29,398 millones de euros, o sea 20% de la impresionante deuda en cuestión.

Entonces nada mejor que dejar en manos europeas el súper fondo de rescate denominado FMI. Es el triunfo de una visión al estilo del G-8. Lo más desconcertante del resultado en el Fondo no fue, entonces, el triunfo de los intereses europeos, sino que los países emergentes se alinearan con esos intereses. Brasil, Rusia, India y China, las cuatro naciones sobrevaluadas en una terrible invención académica denominada BRIC, unieron sus humildes votos para apoyar a Christine Lagarde.

Es un hecho que no hubieran cambiado la historia de la votación final si su apoyo hubiera sido para Agustín Carstens, pero sí habrían mandado una señal más congruente y menos contradictoria con su posición inicial.

No es un secreto que este club de los nuevos ricos (dicho esto no por su condición de desarrollo, sino por su comportamiento sobrado) ha decidido marginar a México y a otros países de desarrollo similar, pero que no consideran dentro de la banda de los populares. Ellos están de moda y no quieren competencia.

El apoyo al candidato mexicano les hubiera redituado en la conformación de un bloque sólido al interior del FMI que pudo haber negociado una reestructura interna seria. Más allá del que seguro que este bloque presuntuoso podrá obtener alguna posición importante de poder en el equipo de la primermundista Lagarde.

Los BRIC se equivocaron con su apoyo a los intereses europeos en momentos en que confirman al FMI como juez y parte en el proceso de rescate de los bancos europeos y sus problemas de deuda.

Pero más allá de eso, el desprecio al mejor candidato que había para el FMI confirma un sentimiento de animadversión hacia México por parte de estos países, que no por estar de moda están en la antesala del primer mundo.

La traición de los BRIC a Agustín Carstens fue a ellos mismos.

La primera piedra

Ya es razón suficiente para poner en peligro la elección del próximo año el hecho de que no esté completo el cuerpo de consejeros del Instituto Federal Electoral (IFE). Y ahora, con sus decisiones arbitrarias en materia de manejo de propaganda, ponen más en peligro un proceso que desde ahora se antoja complicado por la condición delicada de la política mexicana.

El IFE debería recuperar su papel de autoridad moral respetada para organizar elecciones y no querer lograr un respeto artificial a través de la imposición.

Por lo pronto, hoy parece que estallará otra bomba política desde el interior del Instituto que habrá de encender las alertas sobre la fragilidad del árbitro electoral.